miércoles, 18 de febrero de 2026

Mascaradas

Es tiempo de Carnaval. Disfraces, comidas, bailes, y otras diversiones ligadas a tradiciones en muchos lugares. Pero también muchos de los protagonistas de la política actual parecen participar en ese carnaval de manera duradera en el tiempo. 

El poder siempre ha tenido algo de teatro, aunque hubo un tiempo en que, tras el decorado, existía al menos el ejercicio de decir la verdad y la conciencia de responsabilidad. Hoy la escenografía lo abarca todo. La prioridad ya no es lo que sucede realmente, sino cómo se cuenta. No es la decisión, sino la narrativa que la envuelve. Lo conocido como el relato.

En estas últimas semanas hemos vuelto a comprobar que si los resultados electorales no acompañan, la culpa se desplaza. Se buscan causas externas, conspiraciones mediáticas o herencias incómodas. Incluso, en un ejemplo de hasta donde algunos pueden llegar a ser ejemplos indignos de representantes públicos,  se señala a quien ya no puede responder. El muerto como coartada es una forma extrema de eludir la responsabilidad de quien la utiliza. Nada más repugnante que culpar a quien ya no está para defenderse. Como habrán adivinado me estoy refiriendo al abominable caso de culpar desde el gobierno de España a un compañero de partido en Aragón que gobernó esa tierra durante 8 años y ha fallecido recientemente.

Algo parecido hemos visto en un reciente accidente grave en una infraestructura pública, el guion tampoco se altera: nos hablan de incidencias, de protocolos, de informes técnicos. La responsabilidad política se evapora entre comunicados. Dimitir se ha convertido en una rareza casi antropológica, como si reconocer un fallo fuera más grave que el fallo mismo.

También en la escena internacional la política adopta gestos calculados para consumo interno. No importa tanto el resultado diplomático como la fotografía, el mensaje, el encuadre ideológico. El adversario externo se convierte en figurante útil para reforzar el propio relato doméstico.

Y mientras tanto, el discurso oficial proclama que vivimos el mejor momento de nuestra historia ferroviaria, económica o institucional. Puede que haya datos que lo respalden; puede que haya avances reales. Pero la insistencia triunfalista frente a la vivencia diaria de los ciudadanos revela algo más profundo: la convicción de que la percepción puede moldearse a golpe de eslogan, o de un relato fabricado con la finalidad de que repetido mil veces modifique esa percepción ciudadana.

Pero como en todo carnaval, llegará un momento en que la música cese. Entonces, inevitablemente, las máscaras caen. Y cuando eso ocurra, no quedará el personaje cuidadosamente construido, sino el rostro verdadero. Veremos quien asumió responsabilidades y quien las esquivó; quien gobernó con verdad y quien administró relatos. Porque cuando se retiren las máscaras, ya no habrá escenografía que proteja la cara que quede al descubierto.

El escenario político actual en España, como he dicho, se parece hoy a una celebración prolongada con disfraces. La pregunta que me hago no es cuánto durará la fiesta, sino qué panorama veremos cuando termine.

Mascaradas

É tempo de Entroido. Disfraces, comidas, bailes, e outras diversións ligadas a tradicións en moitos lugares. Pero tamén moitos dos protagonistas da política actual parecen participar nese entroido de maneira duradeira no tempo. 

O poder sempre tivo algo de teatro, aínda que houbo un tempo en que, tras o decorado, existía polo menos o exercicio de dicir a verdade e a conciencia de responsabilidade. Hoxe a escenografía abárcao todo. A prioridade xa non é o que sucede realmente, senón como se conta. Non é a decisión, senón a narrativa que a envolve. O coñecido como o relato.

Nestas últimas semanas volvemos a comprobar que se os resultados electorais non acompañan, a culpa desprázase. Búscanse causas externas, conspiracións mediáticas ou herdanzas incómodas. Mesmo, nun exemplo de ata onde algúns poden chegar a ser exemplos indignos de representantes públicos,  sinálase a quen xa non pode responder. O morto como coartada é unha forma extrema de eludir a responsabilidade de quen a utiliza. Nada máis repugnante que culpar a quen xa non está para defenderse. Como adiviñarían estou a referirme ao abominable caso de culpar desde o goberno de España a un compañeiro de partido en Aragón que gobernou esa terra durante 8 anos e faleceu recentemente.

Algo parecido vimos nun recente accidente grave nunha infraestrutura pública, o guion tampouco se altera: fálannos de incidencias, de protocolos, de informes técnicos. A responsabilidade política se evapora entre comunicados. Dimitir converteuse nunha rareza case antropolóxica, coma se recoñecer un fallo fose máis grave que o fallo mesmo.

Tamén na escena internacional a política adopta xestos calculados para consumo interno. Non importa tanto o resultado diplomático como a fotografía, a mensaxe, o encadre ideolóxico. O adversario externo convértese en figurante útil para reforzar o propio relato doméstico.

E mentres tanto, o discurso oficial proclama que vivimos o mellor momento da nosa historia ferroviaria, económica ou institucional. Poida que haxa datos que o apoien; poida que haxa avances reais. Pero a insistencia triunfalista fronte á vivencia diaria dos cidadáns revela algo máis profundo: a convicción de que a percepción pode moldearse a golpe de slogan, ou dun relato fabricado coa finalidade de que repetido mil veces modifique esa percepción cidadá.

Pero como en todo entroido, chegará un momento en que o música cesamento. Entón, inevitablemente, as máscaras caen. E cando iso ocorra, non quedará o personaxe coidadosamente construído, senón o rostro verdadeiro. Veremos quen asumiu responsabilidades e quen as esquivou; quen gobernou con verdade e quen administrou relatos. Porque cando se retiren as máscaras, xa non haberá escenografía que protexa a cara que quede ao descuberto.

O escenario político actual en España, como dixen, parécese hoxe a unha celebración prolongada con disfraces. A pregunta que me fago non é canto durará a festa, senón que panorama veremos cando termine.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Los mantenimientos no se inauguran

Ha sido un ingeniero, el presidente de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios, que ha dedicado toda su vida profesional al ferrocarril, quién pronunciaba la frase que he rescatado para titular este artículo.

Una de las carencias más persistentes de nuestra vida pública no tiene que ver tanto con la falta de recursos como con la forma en que se gestionan. Durante años se ha asumido con demasiada ligereza que cualquier inversión es, por definición, una buena noticia, sin detenerse demasiado en algo tan básico como quién la dirige, con qué criterios y con qué preparación.

En mi opinión, al frente de las instituciones inversoras debería primar la capacidad de gestión, la planificación y la cualificación técnica. No como un valor añadido, sino como una condición mínima. Las empresas públicas nunca deben ser un refugio para colocar a fieles del gobernante de turno.  Invertir no consiste sólo en gastar ni en poner en marcha proyectos, sino en prever su mantenimiento, su coste futuro y su utilidad real a lo largo del tiempo. Cuando esa lógica se sustituye por la urgencia política o el rédito inmediato, el resultado suele ser el mismo: se inaugura mucho, pero se cuida y presupuesta poco para su duración óptima.

Este modelo se aprecia en las grandes infraestructuras, pero también, y de forma muy clara, en el ámbito local. Un munícipe vende bien la reforma visible de una calle: nuevas aceras, farolas modernas, pavimento recién estrenado. Hay fotos, hay inauguración, en ocasiones chocolatadas, y hay sensación inmediata de cambio, aunque los materiales elegidos no sean los idóneos y a los pocos meses las calles se vean levantadas. Mucho peor se vende, en cambio, la renovación de una red de saneamiento o de abastecimiento que va enterrada y que, una vez ejecutada, sigue sin verse.

Sin embargo, es esa infraestructura oculta la que generalmente garantiza que todo lo demás funcione. Renovar tuberías antiguas, prevenir fugas o evitar averías no genera titulares ni votos a corto plazo. Se invierte mucho dinero para que, aparentemente, no se aprecie cambio alguno. Y en la política actual, lo que no se ve suele contar poco. 

Porque el problema es ese: los mantenimientos no se inauguran. No hay corte de cinta para una carretera bien conservada, ni acto institucional para una red de abastecimiento o saneamiento que funciona. El éxito del mantenimiento es que no se note. Y eso encaja mal en una cultura política dominada por el impacto visual.

Pero esta lógica no es solo responsabilidad de quienes gobiernan. También nos interpela como sociedad. Hemos aprendido a valorar lo nuevo y a ignorar lo que funciona sin hacer ruido. Sólo prestamos atención al mantenimiento cuando falla: cuando hay una avería, cuando se corta un suministro o cuando reventamos una rueda en una carretera llena de baches.

Ahí están algunas vías nacionales, como la que une Lugo y Ourense, mostrando las consecuencias de un mantenimiento inadecuado. Qué decir de las presas en los embalses o de las líneas ferroviarias. Lo mismo cabría apuntar de decenas de vías urbanas de Lugo que exigen destreza al volante para no dejarse una rueda o una avería peor, de los senderos en parques fluviales, de los parques infantiles o del mobiliario urbano. Son sólo unos ejemplos.

Quizá gobernar bien no consista en inaugurar más infraestructuras, sino en cuidar mejor las que ya prestan servicio. Y quizá también debamos aprender a valorar lo que no se ve antes de que deje de funcionar. 


Os mantementos non se inauguran

Foi un enxeñeiro, o presidente da Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios, que dedicou toda a súa vida profesional ao ferrocarril, quen pronunciaba a frase que rescatei para titular este artigo.

Unha das carencias máis persistentes da nosa vida pública non ten que ver tanto coa falta de recursos como coa forma en que se xestionan. Durante anos asumiuse con demasiada lixeireza que calquera investimento é, por definición, unha boa noticia, sen deterse demasiado en algo tan básico como quen a dirixe, con que criterios e con que preparación.

Na miña opinión, á fronte das institucións investidoras debería primar a capacidade de xestión, a planificación e a cualificación técnica. Non como un valor engadido, senón como unha condición mínima. As empresas públicas nunca deben ser un refuxio para colocar a fieis do gobernante de quenda.  Investir non consiste só en gastar nin en poñer en marcha proxectos, senón en prever o seu mantemento, o seu custo futuro e a súa utilidade real ao longo do tempo. Cando esa lóxica substitúese pola urxencia política ou o rédito inmediato, o resultado adoita ser o mesmo: inaugúrase moito, pero cóidase e orza pouco para a súa duración óptima.

Este modelo apréciase nas grandes infraestruturas, pero tamén, e de forma moi clara, no ámbito local. Un concelleiro vende ben a reforma visible dunha rúa: novas beirarrúas, farois modernos, pavimento recentemente estreado. Hai fotos, hai inauguración, en ocasións chocolatadas, e hai sensación inmediata de cambio, aínda que os materiais elixidos non sexan os idóneos e aos poucos meses as rúas véxanse levantadas. Moito peor véndese, en cambio, a renovación dunha rede de saneamento ou de abastecemento que vai enterrada e que, unha vez executada, segue sen verse.

Con todo, é esa infraestrutura oculta a que xeralmente garante que todo o demais funcione. Renovar tubaxes antigas, previr fugas ou evitar avarías non xera titulares nin votos a curto prazo. Invístese moito diñeiro para que, aparentemente, non se aprecie cambio algún. E na política actual, o que non se ve adoita contar pouco. 

Porque o problema é ese: os mantementos non se inauguran. Non hai corte de cinta para unha estrada ben conservada, nin acto institucional para unha rede de abastecemento ou saneamento que funciona. O éxito do mantemento é que non se note. E iso encaixa mal nunha cultura política dominada polo impacto visual.

Pero esta lóxica non é só responsabilidade de quen goberna. Tamén nos interpela como sociedade. Aprendemos a valorar o novo e a ignorar o que funciona sen facer ruído. Só prestamos atención ao mantemento cando falla: cando hai unha avaría, cando se corta unha subministración ou cando rebentamos unha roda nunha estrada chea de fochancas.

Aí están algunhas vías nacionais, como a que une Lugo e Ourense, mostrando as consecuencias dun mantemento inadecuado. Que dicir das presas nos encoros ou das liñas ferroviarias. O mesmo cabería apuntar de decenas de vías urbanas de Lugo que esixen destreza ao volante para non deixarse unha roda ou unha avaría peor, dos carreiros en parques fluviais, dos parques infantís ou do mobiliario urbano. Son só uns exemplos.

Quizá gobernar ben non consista en inaugurar máis infraestruturas, senón en coidar mellor as que xa prestan servizo. E quizá tamén debamos aprender a valorar o que non se ve antes de que deixe de funcionar.