miércoles, 7 de septiembre de 2016

Estar a la altura

Han pasado unos días y creo que estoy en condiciones de analizar sin tanta pasión lo que desde el escaño en el Congreso pude vivir durante la pasada semana. Cuando el viernes a las nueve de la noche abandonamos el pleno con el resultado conocido por todos, mis sentimientos eran de decepción, preocupación y rabia contenida. Acababa de ser testigo privilegiado de una lección política y me preocuparon inmediatamente las consecuencias de las actitudes y conductas de muchos de aquellos que siendo representantes de la soberanía nacional y representando a todos los españoles, están muy lejanos de alcanzar el listón de la responsabilidad que se exige y de las circunstancias extraordinarias que España vive en estos momentos.

Por un lado la posición razonada y razonable de quien, habiendo ganado con autoridad unas elecciones, ofrecía a los demás compartir un paquete de medidas para mejorar la vida de los españoles o bien, si optaban por no sumarse a ese ofrecimiento, abstenerse en la votación de investidura para permitir que se pudiera formar un gobierno. Frente a este planteamiento, las reacciones han sido decepcionantes y muy preocupantes para nuestro futuro.

Solo desde la mezquindad y la inquina personal pueden entenderse las explicaciones de algunos para adoptar posiciones de bloqueo institucional que solo perjudican al Estado, y por tanto a todos los ciudadanos incluyendo a los que practican ese bloqueo. El tono y las formas, aderezado con gestos cómplices de jaleo a quien ofende desde la tribuna, fueron otro de los complementos para una semana estéril que solo deja como resaca emocional el pesimismo, no solo por el difícil campo de juego para practicar cualquier acuerdo sino porque puso en evidencia la falta de altura y capacidad de muchos políticos.

Mientras reflexionaba sobre estos episodios leí una noticia que contribuyó a confirmar la necesidad de valorar a las personas por lo que hacen a favor de los demás. En Haití era asesinada Isabel Sola, monja misionera que levantó una escuela de formación profesional para enseñar oficios a los haitianos, casas donde solo quedaron cenizas tras el seísmo que asoló el área, que creó un taller donde se fabrican prótesis para los amputados, en definitiva que logró hacer realidad las esperanzas de muchos que ahora han visto como con su muerte también morían esas esperanzas.

Comparando actitudes es difícil no sentir rechazo y tristeza. No se trata de que lleguemos a actuar como Isabel, se nos pide mucho menos sacrificio y menos esfuerzo. Su listón no lo saltaríamos ninguno de los 350 que ocupamos escaño en las Cortes, ni uno. Lo vivido en España en esta ultima semana no es la política ni los líderes que se necesitan aquí y ahora. Éstos son los contrastes: los personajillos que resultan invisibles, a pesar de sus constantes apariciones publicas, frente a grades personas como Isabel. Sus obras y entrega deberían hacernos reflexionar para que algunos comprendan qué se espera de nosotros. Estar a la altura de esa demanda social será el reto que por ahora es solo fracaso.


Estar á altura

Pasaron uns días e creo que estou en condicións de analizar sen tanta paixón o que desde o escano no Congreso puiden vivir durante a pasada semana. Cando o venres ás nove da noite abandonamos o pleno co resultado coñecido por todos, os meus sentimentos eran de decepción, preocupación e rabia contida. Acababa de ser testemuña privilexiada dunha lección política e preocupáronme inmediatamente as consecuencias das actitudes e condutas de moitos daqueles que sendo representantes da soberanía nacional e representando a todos os españois, están moi afastados de alcanzar o listón da responsabilidade que se esixe e das circunstancias extraordinarias que España vive nestes momentos.

Por unha banda a posición razoada e razoable de quen, gañando con autoridade unhas eleccións, ofrecía aos demais compartir un paquete de medidas para mellorar a vida dos españois ou ben, se optaban por non sumarse a ese ofrecemento, absterse na votación de investidura para permitir que se puidese formar un goberno. Fronte a esta formulación, as reaccións foron decepcionantes e moi preocupantes para o noso futuro.

Só desde a mezquindade e a inquina persoal poden entenderse as explicacións dalgúns para adoptar posicións de bloqueo institucional que só prexudican ao Estado, e por tanto a todos os cidadáns incluíndo aos que practican ese bloqueo. O ton e as formas, aderezado con xestos cómplices de balbordo a quen ofende desde a tribuna, foron outro dos complementos para unha semana estéril que só deixa como resaca emocional o pesimismo, non só polo difícil campo de xogo para practicar calquera acordo senón porque puxo en evidencia a falta de altura e capacidade de moitos políticos.

Mentres reflexionaba sobre estes episodios lin unha noticia que contribuíu a confirmar a necesidade de valorar ás persoas polo que fan a favor dos demais. En Haití era asasinada Isabel Soa, monxa misioneira que levantou unha escola de formación profesional para ensinar oficios aos haitianos, casas onde só quedaron cinzas tras o sismo que arrasou a área, que creou un taller onde se fabrican prótese para os amputados, en definitiva que logrou facer realidade as esperanzas de moitos que agora viron como coa súa morte tamén morrían esas esperanzas.

Comparando actitudes é difícil non sentir rexeitamento e tristeza. Non se trata de que cheguemos a actuar como Isabel, pídesenos moito menos sacrificio e menos esforzo. O seu listón non o saltariamos ningún dos 350 que ocupamos escano nas Cortes, nin un. O vivido en España nesta ultima semana non é a política nin os líderes que se necesitan aquí e agora. Estes son os contrastes: os persoaxiños que resultan invisibles, a pesar das súas constantes aparicións publicas, fronte a grades persoas como Isabel. As súas obras e entrega deberían facernos reflexionar para que algúns comprendan que se espera de nós. Estar á altura desa demanda social será o reto que por agora é só fracaso.

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