miércoles, 18 de marzo de 2026

Los vigilantes del odio

El Gobierno ha anunciado la semana pasada, en un acto con puesta en escena «made in Moncloa», la creación de una nueva herramienta para medir y combatir el odio en las redes sociales. Se llama HODIO, acrónimo de “Huella del Odio”, y cuya teórica pretensión es analizar cómo circulan determinados discursos en las redes, cómo se amplifican y qué plataformas los toleran o no. La iniciativa nos la venden como una defensa de la convivencia frente a la creciente polarización social.

En abstracto, la idea es difícil de discutir ya que nadie puede estar a favor del odio en una sana convivencia. El problema empieza cuando quienes ahora se presentan como guardianes de la concordia han sido los que durante años han creado el clima político que ahora dicen combatir.

Porque la polarización que hoy se invoca como amenaza no apareció de la nada ni nació espontáneamente en las redes sociales. Fue cultivada desde la propia política. Durante demasiado tiempo la estrategia dominante consistió en dividir el espacio público en bloques morales irreconciliables: los buenos frente a los malos, los demócratas frente a los supuestos enemigos de la democracia, los progresistas frente a la derecha. En ese clima el adversario dejó de ser simplemente un rival político para convertirse en alguien al que había que deslegitimar. Baste recordar el discurso del presidente Sánchez en su toma de posesión, hablando de levantar un muro contra la derecha, al que siguieron infinitas acciones de división entre españoles.

Seguramente que de aquellos polvos vienen estos lodos.

Resulta llamativo que quienes ahora anuncian instrumentos para medir el odio sean los mismos que han protagonizado también algunas de las campañas de descalificación más intensas de los últimos años. No sólo contra rivales políticos, sino incluso dentro de sus propias filas, como en el caso del fallecido socialista Lambán. La política española ha conocido episodios de linchamiento público contra compañeros cuyo único delito fue discrepar del rumbo marcado por el líder de turno. Antes de descubrir el odio en las redes, algunos ya lo practicaban en su casa.

Pero el problema es mayor. En los últimos años han ido apareciendo distintos instrumentos con un denominador común: ampliar la capacidad del poder para supervisar el espacio público. Primero fueron los anuncios para vigilar la desinformación y combatir las llamadas fake news. Ahora llegan sistemas para medir el odio y monitorizar el clima del debate digital. Al mismo tiempo avanza el debate sobre el euro digital, que permitirá una trazabilidad cada vez mayor de las transacciones económicas, y por lo tanto de nuestros movimientos.

Cada una de estas iniciativas se presenta por separado como razonables, pero vistas en conjunto dibujan una dirección inquietante, la de un poder político cada vez más presente en el control de la información y, potencialmente, también de la actividad económica de los ciudadanos.

La cuestión no es sólo técnica, es profundamente política, porque sólo cabe preguntarse quién decide qué es odio y qué es simplemente crítica, quién establece qué información es desinformación y cuál no lo es, o quién define los límites de lo aceptable en el debate público. En España el gobierno.

Cuando el poder empieza a vigilar el odio, los sentimientos y hasta el dinero de los ciudadanos, la escena recuerda inevitablemente a ese viejo refrán: poner al lobo a cuidar de las ovejas.


Os vixiantes do odio

O Goberno anunciou a semana pasada, nun acto con posta en escena «made in Moncloa», a creación dunha nova ferramenta para medir e combater o odio nas redes sociais. Chámase HODIO, acrónimo de “Pegada do Odio”, e cuxa teórica pretensión é analizar como circulan determinados discursos nas redes, como se amplifican e que plataformas toléranos ou non. A iniciativa véndennola como unha defensa da convivencia fronte á crecente polarización social.

En abstracto, a idea é difícil de discutir xa que ninguén pode estar a favor do odio nunha sa convivencia. O problema empeza cando quen agora se presentan como gardiáns da concordia foron os que durante anos crearon o clima político que agora din combater.

Porque a polarización que hoxe se invoca como ameaza non apareceu da nada nin naceu espontaneamente nas redes sociais. Foi cultivada desde a propia política. Durante demasiado tempo a estratexia dominante consistiu en dividir o espazo público en bloques morais irreconciliables: os bos fronte aos malos, os demócratas fronte aos supostos inimigos da democracia, os progresistas fronte á dereita. Nese clima o adversario deixou de ser simplemente un rival político para converterse en alguén ao que había que deslexitimar. Baste lembrar o discurso do presidente Sánchez na súa toma de posesión, falando de levantar un muro contra a dereita, ao que seguiron infinitas accións de división entre españois.

Seguramente que daqueles pos veñen estes lodos.

Resulta rechamante que quen agora anuncian instrumentos para medir o odio sexan os mesmos que protagonizaron tamén algunhas das campañas de descualificación máis intensas dos últimos anos. Non só contra rivais políticos, senón mesmo dentro das súas propias filas, como no caso do falecido socialista Lambán. A política española ha coñecido episodios de linchamento público contra compañeiros cuxo único delito foi discrepar do rumbo marcado polo líder de quenda. Antes de descubrir o odio nas redes, algúns xa o practicaban na súa casa.

Pero o problema é maior. Nos últimos anos foron aparecendo distintos instrumentos cun denominador común: ampliar a capacidade do poder para supervisar o espazo público. Primeiro foron os anuncios para vixiar a desinformación e combater as chamadas fake news. Agora chegan sistemas para medir o odio e monitorizar o clima do debate dixital. Ao mesmo tempo avanza o debate sobre o euro dixital, que permitirá unha rastrexabilidade cada vez maior das transaccións económicas, e por tanto dos nosos movementos.

Cada unha destas iniciativas preséntase por separado como razoables, pero vistas en conxunto debuxan unha dirección inquietante, a dun poder político cada vez máis presente no control da información e, potencialmente, tamén da actividade económica dos cidadáns.

A cuestión non é só técnica, é profundamente política, porque só cabe preguntarse quen decide que é odio e que é simplemente crítica, quen establece que información é desinformación e cal non o é, ou quen define os límites do aceptable no debate público. En España o goberno.

Cando o poder empeza a vixiar o odio, os sentimentos e ata o diñeiro dos cidadáns, a escena lembra inevitablemente a ese vello refrán: poñer ao lobo para coidar das ovellas.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Adicción digital y futuro social

En un mundo hiperinformado puede que estemos perdiendo la capacidad de asimilar todas las noticias y datos que nos llegan a diario, y puede que con ello pongamos el foco en aquellas que parecen más impactantes y pasemos por alto otras que escondan temas de mayor gravedad.

Una de las que han pasado casi como anecdóticas en medio de informativos centrados en casos reiterados de corrupción o en acontecimientos acontecidos hace más de cuarenta años, me ha vuelto a preocupar. Tiene que ver con las consecuencias de la creciente adicción de jóvenes y no tan jóvenes a la utilización creciente de pantallas digitales, especialmente en los teléfonos móviles.

No estamos hablando de una moda pasajera, hablamos de comportamientos adictivos, de ansiedad cuando nos falta el móvil, de pérdida de control. ¿A que les recuerda? Salvando las distancias, a los comportamientos de personas dependientes del consumo de determinadas sustancias.

Algunos estudios señalan que muchos adolescentes superan las 7 horas diarias de exposición a pantallas. Otros a que más de la mitad reconoce dependencia del móvil. 

La noticia en cuestión citaba estudios seudocientíficos en los que se describen las alteraciones que se producen en los circuitos de recompensa de estas personas con un uso compulsivo de pantallas, presentando patrones que recuerdan a los de personas consumidores de diversos estupefacientes, lo que constata que determinados estímulos digitales activan los mismos mecanismos de otras adicciones.

Estos mismos estudios dicen que cuando el cerebro aprende a necesitar de una respuesta inmediata a un mensaje, a necesitar de un «like» al comentario o foto subida a la red, a necesitar recibir recompensas y atención, estamos hablando de algo mucho más serio que de un simple entretenimiento. Hablamos de impactos no sólo en el aspecto físico, sino cognitivo, como la pérdida de concentración, intolerancia a la espera o una enorme dependencia de recibir gratificación casi al instante, cuestiones que están llevando a muchos jóvenes a verse diagnosticados de comportamientos depresivos.

Son muchas las preguntas suscitadas por estas noticias, y una de las que yo me hago, es qué ocurrirá en nuestra sociedad cuando esta generación acceda a los puestos de responsabilidad en los centros de decisión públicos y privados. No vean en esto un intento por mi parte de descalificar a nadie por su edad, sólo pretendo reflexionar sobre el espacio que entre todos hemos creado y las consecuencias que conlleva.

En paralelo, también me ha inquietado otro fenómeno reciente, el del comportamiento de personas, generalmente adolescentes, que dicen identificarse con una identidad animal, los denominados therians, algo que lejos de ridiculizar debería hacernos pensar en las causas de su aparición, seguramente también vinculadas al mundo digital donde las identidades se construyen en entornos donde el límite entre lo imaginado y lo real es cada vez más difuso.

Y mientras tanto otra noticia completa mi nivel de inquietud; en Galicia hay más jabalíes que niños menores de 3 años, un contraste que no debería dejarnos indiferentes.

En definitiva, estamos contribuyendo a crear una sociedad con menos niños y más pantallas. Esos niños que pronto estarán llamados a sostener nuestras instituciones, nuestra sociedad. Deberíamos prestar más atención al tipo de entorno en el que están creciendo, porque el problema no es la tecnología, sino la dependencia.

Y una sociedad dependiente difícilmente puede ser plenamente libre.

 

Adicción dixital e futuro social

Nun mundo hiperinformado poida que esteamos a perder a capacidade de asimilar todas as noticias e datos que nos chegan a diario, e poida que con iso poñamos o foco naquelas que parecen máis impactantes e pasemos por alto outras que escondan temas de maior gravidade.

Unha das que pasaron case como anecdóticas no medio de informativos centrados en casos reiterados de corrupción ou en acontecementos acontecidos fai máis de corenta anos, volveume a preocupar. Ten que ver coas consecuencias da crecente adicción de mozas e non tan novas á utilización crecente de pantallas dixitais, especialmente nos teléfonos móbiles.

Non estamos a falar dunha moda pasaxeira, falamos de comportamentos aditivos, de ansiedade cando nos falta o móbil, de perda de control. A que lles lembra? Salvando as distancias, aos comportamentos de persoas dependentes do consumo de determinadas substancias.

Algúns estudos sinalan que moitos adolescentes superan as 7 horas diarias de exposición a pantallas. Outros a que máis da metade recoñece dependencia do móbil. 

A noticia en cuestión citaba estudos seudocientíficos nos que se describen as alteracións que se producen nos circuítos de recompensa destas persoas cun uso compulsivo de pantallas, presentando patróns que lembran aos de persoas consumidores de diversos estupefacientes, o que constata que determinados estímulos dixitais activan os mesmos mecanismos doutras adiccións.

Estes mesmos estudos din que cando o cerebro aprende a necesitar dunha resposta inmediata a unha mensaxe, a necesitar dun «like» ao comentario ou foto subida á rede, a necesitar recibir recompensas e atención, estamos a falar de algo moito máis serio que dun simple entretemento. Falamos de impactos non só no aspecto físico, senón cognitivo, como a perda de concentración, intolerancia á espera ou unha enorme dependencia de recibir gratificación case ao instante, cuestións que están a levar a moitos mozos para verse diagnosticados de comportamentos depresivos.

Son moitas as preguntas suscitadas por estas noticias, e unha das que eu me fago, é que ocorrerá na nosa sociedade cando esta xeración acceda aos postos de responsabilidade nos centros de decisión públicos e privados. Non vexan nisto un intento pola miña banda de descualificar a ninguén pola súa idade, só pretendo reflexionar sobre o espazo que entre todos creamos e as consecuencias que conleva.

En paralelo, tamén me inquietou outro fenómeno recente, o do comportamento de persoas, xeralmente adolescentes, que din identificarse cunha identidade animal, os denominados therians, algo que lonxe de ridiculizar debería facernos pensar nas causas da súa aparición, seguramente tamén vinculadas ao mundo dixital onde as identidades constrúense en contornas onde o límite entre o imaxinado e o real é cada vez máis difuso.

E mentres tanto outra noticia completa o meu nivel de inquietude; en Galicia hai máis xabarís que nenos menores de 3 anos, un contraste que non debería deixarnos indiferentes.

En definitiva, estamos a contribuír a crear unha sociedade con menos nenos e máis pantallas. Eses nenos que pronto estarán chamados a soster as nosas institucións, a nosa sociedade. Deberiamos prestar máis atención ao tipo de contorna no que están a crecer, porque o problema non é a tecnoloxía, senón a dependencia.

E unha sociedade dependente dificilmente pode ser plenamente libre.