El Gobierno ha anunciado la semana pasada, en un acto con puesta en escena «made in Moncloa», la creación de una nueva herramienta para medir y combatir el odio en las redes sociales. Se llama HODIO, acrónimo de “Huella del Odio”, y cuya teórica pretensión es analizar cómo circulan determinados discursos en las redes, cómo se amplifican y qué plataformas los toleran o no. La iniciativa nos la venden como una defensa de la convivencia frente a la creciente polarización social.
En abstracto, la idea es difícil de discutir ya que nadie puede estar a favor del odio en una sana convivencia. El problema empieza cuando quienes ahora se presentan como guardianes de la concordia han sido los que durante años han creado el clima político que ahora dicen combatir.
Porque la polarización que hoy se invoca como amenaza no apareció de la nada ni nació espontáneamente en las redes sociales. Fue cultivada desde la propia política. Durante demasiado tiempo la estrategia dominante consistió en dividir el espacio público en bloques morales irreconciliables: los buenos frente a los malos, los demócratas frente a los supuestos enemigos de la democracia, los progresistas frente a la derecha. En ese clima el adversario dejó de ser simplemente un rival político para convertirse en alguien al que había que deslegitimar. Baste recordar el discurso del presidente Sánchez en su toma de posesión, hablando de levantar un muro contra la derecha, al que siguieron infinitas acciones de división entre españoles.
Seguramente que de aquellos polvos vienen estos lodos.
Resulta llamativo que quienes ahora anuncian instrumentos para medir el odio sean los mismos que han protagonizado también algunas de las campañas de descalificación más intensas de los últimos años. No sólo contra rivales políticos, sino incluso dentro de sus propias filas, como en el caso del fallecido socialista Lambán. La política española ha conocido episodios de linchamiento público contra compañeros cuyo único delito fue discrepar del rumbo marcado por el líder de turno. Antes de descubrir el odio en las redes, algunos ya lo practicaban en su casa.
Pero el problema es mayor. En los últimos años han ido apareciendo distintos instrumentos con un denominador común: ampliar la capacidad del poder para supervisar el espacio público. Primero fueron los anuncios para vigilar la desinformación y combatir las llamadas fake news. Ahora llegan sistemas para medir el odio y monitorizar el clima del debate digital. Al mismo tiempo avanza el debate sobre el euro digital, que permitirá una trazabilidad cada vez mayor de las transacciones económicas, y por lo tanto de nuestros movimientos.
Cada una de estas iniciativas se presenta por separado como razonables, pero vistas en conjunto dibujan una dirección inquietante, la de un poder político cada vez más presente en el control de la información y, potencialmente, también de la actividad económica de los ciudadanos.
La cuestión no es sólo técnica, es profundamente política, porque sólo cabe preguntarse quién decide qué es odio y qué es simplemente crítica, quién establece qué información es desinformación y cuál no lo es, o quién define los límites de lo aceptable en el debate público. En España el gobierno.
Cuando el poder empieza a vigilar el odio, los sentimientos y hasta el dinero de los ciudadanos, la escena recuerda inevitablemente a ese viejo refrán: poner al lobo a cuidar de las ovejas.
Os vixiantes do odio
O Goberno anunciou a semana pasada, nun acto con posta en escena «made in Moncloa», a creación dunha nova ferramenta para medir e combater o odio nas redes sociais. Chámase HODIO, acrónimo de “Pegada do Odio”, e cuxa teórica pretensión é analizar como circulan determinados discursos nas redes, como se amplifican e que plataformas toléranos ou non. A iniciativa véndennola como unha defensa da convivencia fronte á crecente polarización social.
En abstracto, a idea é difícil de discutir xa que ninguén pode estar a favor do odio nunha sa convivencia. O problema empeza cando quen agora se presentan como gardiáns da concordia foron os que durante anos crearon o clima político que agora din combater.
Porque a polarización que hoxe se invoca como ameaza non apareceu da nada nin naceu espontaneamente nas redes sociais. Foi cultivada desde a propia política. Durante demasiado tempo a estratexia dominante consistiu en dividir o espazo público en bloques morais irreconciliables: os bos fronte aos malos, os demócratas fronte aos supostos inimigos da democracia, os progresistas fronte á dereita. Nese clima o adversario deixou de ser simplemente un rival político para converterse en alguén ao que había que deslexitimar. Baste lembrar o discurso do presidente Sánchez na súa toma de posesión, falando de levantar un muro contra a dereita, ao que seguiron infinitas accións de división entre españois.
Seguramente que daqueles pos veñen estes lodos.
Resulta rechamante que quen agora anuncian instrumentos para medir o odio sexan os mesmos que protagonizaron tamén algunhas das campañas de descualificación máis intensas dos últimos anos. Non só contra rivais políticos, senón mesmo dentro das súas propias filas, como no caso do falecido socialista Lambán. A política española ha coñecido episodios de linchamento público contra compañeiros cuxo único delito foi discrepar do rumbo marcado polo líder de quenda. Antes de descubrir o odio nas redes, algúns xa o practicaban na súa casa.
Pero o problema é maior. Nos últimos anos foron aparecendo distintos instrumentos cun denominador común: ampliar a capacidade do poder para supervisar o espazo público. Primeiro foron os anuncios para vixiar a desinformación e combater as chamadas fake news. Agora chegan sistemas para medir o odio e monitorizar o clima do debate dixital. Ao mesmo tempo avanza o debate sobre o euro dixital, que permitirá unha rastrexabilidade cada vez maior das transaccións económicas, e por tanto dos nosos movementos.
Cada unha destas iniciativas preséntase por separado como razoables, pero vistas en conxunto debuxan unha dirección inquietante, a dun poder político cada vez máis presente no control da información e, potencialmente, tamén da actividade económica dos cidadáns.
A cuestión non é só técnica, é profundamente política, porque só cabe preguntarse quen decide que é odio e que é simplemente crítica, quen establece que información é desinformación e cal non o é, ou quen define os límites do aceptable no debate público. En España o goberno.
Cando o poder empeza a vixiar o odio, os sentimentos e ata o diñeiro dos cidadáns, a escena lembra inevitablemente a ese vello refrán: poñer ao lobo para coidar das ovellas.
0 comentarios:
Publicar un comentario