miércoles, 13 de mayo de 2026

La responsabilidad de ilusionar

Lugo viene de vivir semanas de tensión política exagerada, de muchas voces fuera de tono, de manifestaciones de crispación y de una sensación, ya muy habitual en los últimos tiempos, de que la política que se practica busca más la confrontación que el entendimiento. Y las ciudades, como las personas, también tienen estados de ánimo. Pero Lugo, incluso en un contexto como el que han dejado estos episodios recientes, tiene la capacidad de volver a ilusionarse.

Porque de la confrontación vivida también se extraen enseñanzas: Lugo no puede estar instalada en el enfrentamiento permanente, ya que los lucenses ahora reclaman serenidad, normalidad y trabajo en la búsqueda de soluciones a los problemas cotidianos.

Los cambios políticos abren nuevas perspectivas, no sólo la sustitución de un partido por otro, de unos nombres por otros, sino la posibilidad de percibir que las cosas pueden hacerse de otra manera, algo que seguramente propicie mayor ilusión colectiva.

Gobernar una ciudad es algo más que gestionar expedientes o un presupuesto. También conlleva crear confianza e ilusión, hacer que los vecinos sientan que tienen una administración accesible y cercana. Las ciudades no cambian sólo por los grandes proyectos, necesitan también los pequeños gestos, como la capacidad de escuchar y la voluntad de resolver esas cosas que siendo asequibles llevan demasiado tiempo sin respuesta.

En ocasiones las administraciones cercanas se distinguen por cosas muy simples: poder hablar con alguien sin esperar semanas, no convertir la cita previa en una barrera permanente, recibir respuestas en lugar de silencios administrativos o eliminar tanta burocracia innecesaria. Porque las ciudades mejoran más cuando sus gobernantes se dedican a resolver problemas reales en lugar de alimentar debates simbólicos ajenos a las preocupaciones cotidianas de la mayoría. Como en su día me dijo Gregorio Ordóñez, cuando ambos éramos candidatos a las alcaldías, pocos días antes de ser asesinado: «Cuando un ciudadano entra en un ayuntamiento es porque tiene un problema. Tenemos que conseguir que no salga con dos» 

Toda etapa política que abre un tiempo nuevo se sostiene al principio en la esperanza de que las cosas se van a hacer mejor que antes. Esperanza que, siendo frágil, se afianza cuando se percibe empatía, cercanía y autenticidad, dejándoles a otros la confrontación permanente.

Si algo caracterizó al anterior gobierno fue gastar mucho dinero en proyectos alejados de las necesidades de los ciudadanos, gastos con muy pobre resultado e importante hipoteca de futuro, además de excesivas muestras de sectarismo en el trato dispensado. Elena Candia lleva tres años de contacto directo con los vecinos, escuchando a todos y tomando notas de sus demandas y sugerencias, lo que seguramente será de mucha utilidad para su programa de gobierno.

Los lucenses no esperan milagros, esperan percibir compromiso, normalidad y muchas ganas de mejorar las cosas. Y ello depende en gran medida de la capacidad de la alcaldesa y su equipo para transmitir, además de trabajo, sentido común en el día a día. Estoy seguro que sabrán interpretar correctamente el ánimo que hoy existe en una parte importante de la ciudad.

Después del ruido, Lugo tiene la oportunidad de reconocerse de nuevo en una política más serena, más cercana y más útil. Y quienes hoy la representan saben que, en momentos como este, gobernar también significa devolver a la ciudad la confianza y la ilusión que necesita para avanzar.

A responsabilidade de ilusionar

Lugo vén de vivir semanas de tensión política esaxerada, de moitas voces fóra de ton, de manifestacións de crispación e dunha sensación, xa moi habitual nos últimos tempos, de que a política que se practica busca máis a confrontación que o entendemento. E as cidades, como as persoas, tamén teñen estados de ánimo. Pero Lugo, mesmo nun contexto como o que deixaron estes episodios recentes, ten a capacidade de volver ilusionarse.

Porque da confrontación vivida tamén se extraen ensinos: Lugo non pode estar instalada no enfrontamento permanente, xa que os lucenses agora reclaman serenidade, normalidade e traballo na procura de solucións aos problemas cotiáns.

Os cambios políticos abren novas perspectivas, non só a substitución dun partido por outro, duns nomes por outros, senón a posibilidade de percibir que as cousas poden facerse doutro xeito, algo que seguramente propicie maior ilusión colectiva.

Gobernar unha cidade é algo máis que xestionar expedientes ou un orzamento. Tamén conleva crear confianza e ilusión, facer que os veciños sentan que teñen unha administración accesible e próxima. As cidades non cambian só polos grandes proxectos, necesitan tamén os pequenos xestos, como a capacidade de escoitar e a vontade de resolver esas cousas que sendo alcanzables levan demasiado tempo sen resposta.

En ocasións as administracións próximas distínguense por cousas moi simples: poder falar con alguén sen esperar semanas, non converter a cita previa nunha barreira permanente, recibir respostas en lugar de silencios administrativos ou eliminar tanta burocracia innecesaria. Porque as cidades melloran máis cando os seus #gobernante se dedican a resolver problemas reais en lugar de alimentar debates simbólicos alleos ás preocupacións cotiás da maioría. Como no seu día me dixo Gregorio Ordóñez, cando ambos eramos candidatos ás alcaldías, poucos días antes de ser asasinado: «Cando un cidadán entra nun concello é porque ten un problema. Temos que conseguir que non saia con dous» 

Toda etapa política que abre un tempo novo sostense ao principio na esperanza de que as cousas se van a facer mellor que antes. Esperanza que, sendo fráxil, afiánzase cando se percibe empatía, proximidade e autenticidade, deixándolles a outros a confrontación permanente.

Se algo caracterizou ao anterior goberno foi gastar moito diñeiro en proxectos afastados das necesidades dos cidadáns, gastos con moi pobre resultado e importante hipoteca de futuro, alén de excesivas mostras de sectarismo no trato dispensado. Elena Candia leva tres anos de contacto directo cos veciños, escoitando a todos e tomando notas das súas demandas e suxerencias, o que seguramente será de moita utilidade para o seu programa de goberno.

Os lucenses non esperan milagres, esperan percibir compromiso, normalidade e moitas ganas de mellorar as cousas. E iso depende en gran medida da capacidade da alcaldesa e o seu equipo para transmitir, alén de traballo, sentido común no día a día. Estou seguro que saberán interpretar correctamente o ánimo que hoxe existe nunha parte importante da cidade.

Despois do ruído, Lugo ten a oportunidade de recoñecerse de novo nunha política máis serena, máis próxima e máis útil. E quen hoxe a representan saben que, en momentos como este, gobernar tamén significa devolver á cidade a confianza e a ilusión que necesita para avanzar.

miércoles, 29 de abril de 2026

Cuando pase el ruido

Cuando pase el ruido de estos últimos días, porque pasará, será el momento de empezar a entender de verdad lo que ha ocurrido en el Ayuntamiento de Lugo. Hasta entonces, la escena política se mueve entre declaraciones cruzadas, juicios apresurados y una cierta tendencia a convertir lo complejo en algo aparentemente sencillo.

La moción de censura que se debatirá el próximo 7 de mayo invita precisamente a eso: a tomar partido antes de pensar, a elegir bando antes de analizar. Pero quizá convenga hacer lo contrario.

Como exalcalde, no me corresponde decir qué debería ocurrir en ese pleno. Sí me parece legítimo, en cambio, observar cómo se está construyendo el relato en torno a un instrumento que forma parte, nos guste más o menos, de las reglas del juego democrático.

Porque la moción de censura no es una anomalía democrática, como algunos pretenden hacer creer: es un mecanismo previsto para articular mayorías alternativas. Y lo curioso es que su legitimidad suele ser variable. Cuando la impulsan unos, es poco menos que un fraude moral; cuando la utilizan otros, se presenta como una expresión impecable de la democracia parlamentaria. Ocurrió, sin ir más lejos, con la moción que llevó a Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno en 2018, celebrada entonces como un ejercicio de responsabilidad institucional.

Esa doble vara de medir empobrece el debate e incrementa la crispación social. No todo vale en política, pero tampoco todo se invalida por el mero hecho de no gustar. La cuestión de fondo no debería ser tanto el instrumento como el uso que se haga de él y, sobre todo, lo que venga después.

Porque, más allá del ruido, y hay mucho, lo verdaderamente relevante empezará el día siguiente. Si la moción prospera, se abrirá una etapa breve pero decisiva. Un año pasa rápido en términos políticos, pero es tiempo suficiente para marcar un rumbo, para demostrar capacidad de gestión o para confirmar temores.

En ese contexto, tampoco es irrelevante quién asume la responsabilidad de liderar esa nueva etapa. Gobernar una ciudad como Lugo exige algo más que sumar votos: requiere dirección, criterio y capacidad de gestión. Son cualidades que, en los últimos tiempos, muchos ciudadanos echaban en falta en el actual equipo de gobierno. Y son también las que ahora deberán ponerse a prueba en quienes aspiran a abrir un tiempo distinto. No se trata de expectativas abstractas, sino de algo muy concreto: demostrar, desde el primer día, que hay proyecto, pulso y capacidad para tomar decisiones. En el presente caso hay trayectorias que permiten albergar esa expectativa razonable.

Y ahí es donde, a mi juicio, reside la clave. No en los discursos de estos días, inevitablemente cargados de tensión e interés partidista, sino en la evaluación que harán los ciudadanos cuando vuelvan a ser llamados a las urnas. Serán ellos quienes otorguen o nieguen legitimidad plena a lo ocurrido, no en función de cómo se accedió al gobierno, sino de cómo se ejerció.

Conviene no olvidarlo: en democracia, el veredicto siempre es provisional hasta que hablan los ciudadanos.

Mientras tanto, asistimos a una escena conocida. Quienes se ven desplazados del poder elevan el tono y cuestionan la legitimidad del proceso; quienes aspiran a ocuparlo apelan a la legalidad y a la necesidad de cambio. Nada nuevo bajo el sol. Forma parte de la lógica política.

Lo que sí sería nuevo y deseable es que, una vez pasado este episodio, el foco se desplazase de la confrontación a los resultados. Que el debate deje de girar en torno a cómo se llegó y empiece a centrarse en para qué se gobierna.

Porque, al final, cuando pase el ruido, lo que está en juego no es solo un cambio de alcaldía, sino algo más sencillo y más importante: que los lucenses puedan sentirse cada vez más orgullosos de su ciudad en función de cómo se la gobierne.

Cando pase o ruído

Cando pase o ruído destes últimos días, porque pasará, será o momento de empezar a entender de verdade o que ocorreu no Concello de Lugo. Ata entón, a escena política móvese entre declaracións cruzadas, xuízos apresurados e unha certa tendencia a converter o complexo en algo aparentemente sinxelo.

A moción de censura que se debaterá o próximo 7 de maio invita precisamente a iso: a tomar partido antes de pensar, a elixir bando antes de analizar. Pero quizá conveña facer o contrario.

Como exalcalde, non me corresponde dicir que debería ocorrer nese pleno. Si me parece lexítimo, en cambio, observar como se está construíndo o relato ao redor dun instrumento que forma parte, gústenos máis ou menos, das regras do xogo democrático.

Porque a moción de censura non é unha anomalía democrática, como algúns pretenden facer crer: é un mecanismo previsto para articular maiorías alternativas. E o curioso é que a súa lexitimidade adoita ser variable. Cando a impulsan uns, é pouco menos que unha fraude moral; cando a utilizan outros, preséntase como unha expresión impecable da democracia parlamentaria. Ocorreu, sen ir máis lonxe, coa moción que levou a Pedro Sánchez á presidencia do Gobierno en 2018, celebrada entón como un exercicio de responsabilidade institucional.

Esa dobre vara de medir empobrece o debate e incrementa a crispación social. Non todo vale en política, pero tampouco todo se invalida polo mero feito de non gustar. A cuestión de fondo non debería ser tanto o instrumento como o uso que se faga del e, sobre todo, o que vinga despois.

Porque, máis aló do ruído, e hai moito, o verdadeiramente relevante empezará o día seguinte. Se a moción prospera, abrirase unha etapa breve pero decisiva. Un ano pasa rápido en termos políticos, pero é tempo suficiente para marcar un rumbo, para demostrar capacidade de xestión ou para confirmar temores.

Nese contexto, tampouco é irrelevante quen asume a responsabilidade de liderar esa nova etapa. Gobernar unha cidade como Lugo esixe algo máis que sumar votos: require dirección, criterio e capacidade de xestión. Son calidades que, nos últimos tempos, moitos cidadáns botaban en falta no actual equipo de goberno. E son tamén as que agora deberán poñerse a proba en quen aspira a abrir un tempo distinto. Non se trata de expectativas abstractas, senón de algo moi concreto: demostrar, desde o primeiro día, que hai proxecto, pulso e capacidade para tomar decisións. No presente caso hai traxectorias que permiten albergar esa expectativa razoable.

E aí é onde, ao meu xuízo, reside a clave. Non nos discursos destes días, inevitablemente cargados de tensión e interese partidista, senón na avaliación que farán os cidadáns cando volvan ser chamados ás urnas. Serán eles quen outorgue ou neguen lexitimidade plena ao ocorrido, non en función de como se accedeu ao goberno, senón de como se exerceu.

Convén non esquecelo: en democracia, o veredicto sempre é provisional ata que falan os cidadáns.

Mentres tanto, asistimos a unha escena coñecida. Quen se ve desprazados do poder elevan o ton e cuestionan a lexitimidade do proceso; quen aspira a ocupalo apelan á legalidade e á necesidade de cambio. Nada novo baixo o sol. Forma parte da lóxica política.

O que si sería novo e desexable é que, unha vez pasado este episodio, o foco desprazásese da confrontación aos resultados. Que o debate deixe de virar ao redor de como se chegou e empezo a centrarse en para que gobérnase.

Porque, ao final, cando pase o ruído, o que está en xogo non é só un cambio de alcaldía, senón algo máis sinxelo e máis importante: que os lucenses poidan sentirse cada vez máis orgullosos da súa cidade en función de como lla goberne.

miércoles, 15 de abril de 2026

La de casa

En un tiempo en el que la información circula de manera global, sin descanso y sin fronteras, lo más cercano puede correr el riesgo de parecernos secundario. Sin embargo, es justamente lo próximo, lo que sucede en nuestra ciudad, en la provincia, en los nombres que nos resultan familiares, lo que acaba teniendo una influencia más directa en nuestro día a día.

La prensa local ocupa ahí un lugar especial. No compite en tirada ni en espectacularidad con los grandes medios, porque juega en otro terreno: el de la relevancia inmediata. Lo que publica no nos resulta ni lejano ni abstracto. Tiene consecuencias, matices y, sobre todo, contexto. Y precisamente eso la convierte en una herramienta fundamental para conocer lo que nos rodea.

Pero no sólo informa. También contribuye, de manera constante, a generar un estado de opinión, un sentimiento. Lo hace sin estridencias, a través de la selección de los temas, del espacio que se les concede y del modo en que se cuentan. Así, casi sin advertirlo, se va construyendo una determinada percepción compartida de la realidad más próxima.

Es precisamente esa capacidad de influir en el ánimo colectivo, en generar sentimientos sobre cómo se percibe una comunidad a sí misma, lo que constituye una de sus mayores responsabilidades. No se trata de suavizar los hechos ni de renunciar a la crítica, sino de ejercer un periodismo que, sin faltar a la verdad, sea consciente del efecto que produce su enfoque. Entre el alarmismo y la indiferencia hay un espacio exigente: el de contribuir a una opinión pública informada, serena y, en la medida de lo posible, constructiva. Porque también en lo que se cuenta cada día, y cómo se cuenta, se va modelando la forma en que una sociedad se siente.

En el ámbito local, las personas no son figuras distantes. Tienen nombre, trayectoria y presencia. Quien escribe sobre ellas sabe que no se dirige a una abstracción, sino a alguien con quien puede coincidir al día siguiente. Esa cercanía no debería ser una limitación, sino una exigencia mayor de rigor y de medida.

Para quienes, como yo, tenemos la oportunidad de asomarnos diariamente a sus páginas, el periódico es también un espacio de responsabilidad. No es sólo un escaparate, sino una forma de diálogo con los lectores y, en cierto modo, con la sociedad más cercana. Cuando me propuse que los lucenses se sintieran más orgullosos de su ciudad, sabía que esa meta solo sería posible si también así lo percibía la prensa local.

Mañana se entregará el Premio Puro Cora en su trigésimo tercera edición. Recuerdo haber participado en la primera convocatoria. Mirado desde hoy, aquel inicio permite valorar no sólo la continuidad del premio, sino también la evolución de la propia prensa local en estas décadas. Han cambiado muchas cosas, pero permanece lo esencial.

Porque un periódico local, como El Progreso, es algo más que un medio de información. Forma parte del tejido social, acompaña y deja memoria. Con el tiempo, sus páginas acaban siendo también el relato de una comunidad.

Por eso, pese a las enormes dificultades, sigue siendo necesario. En un mundo cada vez más disperso, hay pocos espacios donde una sociedad pueda reconocerse con tanta claridad. La prensa local, la de casa, continúa siendo uno de ellos.


A de casa

Nun tempo no que a información circula de xeito global, sen descanso e sen fronteiras, o máis próximo pode correr o risco de parecernos secundario. Con todo, é xustamente o próximo, o que sucede na nosa cidade, na provincia, nos nomes que nos resultan familiares, o que acaba tendo unha influencia máis directa no noso día a día.

A prensa local ocupa aí un lugar especial. Non compite en tirada nin en espectacularidade cos grandes medios, porque xoga noutro terreo: o da relevancia inmediata. O que publica non nos resulta nin afastado nin abstracto. Ten consecuencias, matices e, sobre todo, contexto. E precisamente iso convértea nunha ferramenta fundamental para coñecer o que nos rodea.

Pero non só informa. Tamén contribúe, de xeito constante, a xerar un estado de opinión, un sentimento. Faio sen estridencias, a través da selección dos temas, do espazo que se lles concede e do modo en que se contan. Así, case sen advertilo, vaise construíndo unha determinada percepción compartida da realidade máis próxima.

É precisamente esa capacidade de influír no ánimo colectivo, en xerar sentimentos sobre como se percibe unha comunidade a si mesma, o que constitúe unha das súas maiores responsabilidades. Non se trata de suavizar os feitos nin de renunciar á crítica, senón de exercer un xornalismo que, sen faltar á verdade, sexa consciente do efecto que produce o seu enfoque. Entre o alarmismo e a indiferenza hai un espazo esixente: o de contribuír a unha opinión pública informada, serena e, na medida do posible, construtiva. Porque tamén no que se conta cada día, e como se conta, vaise modelando a forma en que unha sociedade séntese.

No ámbito local, as persoas non son figuras distantes. Teñen nome, traxectoria e presenza. Quen escribe sobre elas sabe que non se dirixe a unha abstracción, senón a alguén con quen pode coincidir ao día seguinte. Esa proximidade non debería ser unha limitación, senón unha esixencia maior de rigor e de medida.

Para quen, como eu, temos a oportunidade de asomarnos diariamente ás súas páxinas, o xornal é tamén un espazo de responsabilidade. Non é só un escaparate, senón unha forma de diálogo cos lectores e, en certo xeito, coa sociedade máis próxima. Cando me propuxen que os lucenses sentisen máis orgullosos da súa cidade, sabía que esa meta só sería posible se tamén así o percibía a prensa local.

Mañá entregarase o Premio Puro Cora no seu trixésimo terceira edición. Recordo participar na primeira convocatoria. Mirado desde hoxe, aquel inicio permite valorar non só a continuidade do premio, senón tamén a evolución da propia prensa local nestas décadas. Cambiaron moitas cousas, pero permanece o esencial.

Porque un xornal local, como El Progreso, é algo máis que un medio de información. Forma parte do tecido social, acompaña e deixa memoria. Co tempo, as súas páxinas acaban sendo tamén o relato dunha comunidade.

Por iso, a pesar de as enormes dificultades, segue sendo necesario. Nun mundo cada vez máis disperso, hai poucos espazos onde unha sociedade poida recoñecerse con tanta claridade. A prensa local, a de casa, continúa sendo un deles.

miércoles, 1 de abril de 2026

¿El lado correcto o el conveniente?

La apelación al “lado correcto de la historia” se ha convertido en una de las fórmulas retóricas más potentes, y también ambiguas, de la política actual. Cuando Pedro Sánchez recurre a ella de forma reiterada, no sólo está emitiendo un juicio moral, sino tratando de situarse en una posición de legitimidad incuestionable.

El problema es que esa expresión, en lugar de aclarar, muchas veces confunde porque convierte decisiones políticas discutibles en supuestas verdades históricas inevitables.

Porque la historia no tiene “lado” hasta que ha pasado un tiempo. Y quienes se arrogan hoy la facultad de interpretarla en tiempo real suelen hacerlo desde una lógica más cercana a la conveniencia que a la coherencia. Y en esto este presidente ha demostrado ser especialista.

Ahí es donde surge la diferencia clave: no es lo mismo situarse en el lado correcto que en el lado conveniente. El primero, el lado correcto, exige consistencia, incluso a costa del desgaste o la pérdida de poder. El segundo, el lado conveniente, se adapta a las circunstancias del momento, a los apoyos parlamentarios necesarios o a las estrategias electorales.

En política internacional, el Gobierno ha adoptado posturas críticas con Estados Unidos e Israel en conflictos como los relacionados con Irán o Palestina, buscando alinearse con una determinada sensibilidad europea o con sectores de su propia base política. Sin embargo, esa apelación a principios universales queda deslegitimada cuando, en el ámbito interno, se perciben decisiones que muchos ciudadanos interpretan como concesiones a intereses políticos inmediatos, a la necesidad de mantener el poder.

Así, en el caso de la política penitenciaria respecto a condenados de ETA, para una parte de la sociedad, y de forma especial para las víctimas, determinadas medidas se viven como una cesión que prioriza la estabilidad parlamentaria sobre la memoria, la justicia y la dignidad de quienes sufrieron el terrorismo. Aquí, el contraste entre el discurso moral elevado, el «No a la guerra», y la práctica política concreta resulta difícil de justificar.

Situarse en el lado correcto de la historia no es proclamarse en él, sino sostener una línea de actuación reconocible en contextos distintos, incluso cuando no resulta rentable personal o políticamente. Implica asumir costes, mantener compromisos y aceptar que la coherencia tiene un precio. De hecho, la verdadera prueba de esa posición no está en los discursos, sino en las decisiones que no generan aplauso inmediato o respaldo electoral.

Existe además otro riesgo: el de confundir el reconocimiento internacional o la aprobación de ciertos actores con una validación moral. Ser considerado “hombre de paz” por regímenes que no respetan derechos fundamentales, o que han sido responsables de la represión de sus propias poblaciones, debería invitar más a la cautela que al orgullo. Que te feliciten o coloquen pegatinas con tu rostro en algunos misiles son ejemplos de ello. La historia está llena de líderes elogiados en su momento por quienes menos autoridad moral tenían para hacerlo.

Porque la historia, cuando finalmente dicta su veredicto, no suele premiar a quienes supieron adaptarse mejor, sino a quienes fueron capaces de mantenerse fieles a unos principios, incluso cuando hacerlo les costó el poder.


O lado correcto ou o conveniente?

A apelación ao “lado correcto da historia” converteuse nunha das fórmulas retóricas máis potentes, e tamén ambiguas, da política actual. Cando Pedro Sánchez recorre a ela de forma reiterada, non só está a emitir un xuízo moral, senón tratando de situarse nunha posición de lexitimidade incuestionable.

O problema é que esa expresión, en lugar de aclarar, moitas veces confunde porque converte decisións políticas discutibles en supostas verdades históricas inevitables.

Porque a historia non ten “lado” ata que pasou un tempo. E quen se arroga hoxe a facultade de interpretala en tempo real adoitan facelo desde unha lóxica máis próxima á conveniencia que á coherencia. E nisto este presidente demostrou ser especialista.

Aí é onde xorde a diferenza crave: non é o mesmo situarse no lado correcto que no lado conveniente. O primeiro, o lado correcto, esixe consistencia, mesmo a costa do desgaste ou a perda de poder. O segundo, o lado conveniente, adáptase ás circunstancias do momento, aos apoios parlamentarios necesarios ou ás estratexias electorais.

En política internacional, o Goberno adoptou posturas críticas con Estados Unidos e Israel en conflitos como os relacionados con Irán ou Palestina, buscando aliñarse cunha determinada sensibilidade europea ou con sectores da súa propia base política. Con todo, esa apelación a principios universais queda deslexitimada cando, no ámbito interno, percíbense decisións que moitos cidadáns interpretan como concesións a intereses políticos inmediatos, á necesidade de manter o poder.

Así, no caso da política penal respecto a condenados de ETA, para unha parte da sociedade, e de forma especial para as vítimas, determinadas medidas vívense como unha cesión que prioriza a estabilidade parlamentaria sobre a memoria, a xustiza e a dignidade de quen sufriu o terrorismo. Aquí, o contraste entre o discurso moral elevado, o «Non á guerra», e a práctica política concreta resulta difícil de xustificar.

Situarse no lado correcto da historia non é proclamarse nel, senón soster unha liña de actuación recoñecible en contextos distintos, mesmo cando non resulta rendible persoal ou politicamente. Implica asumir custos, manter compromisos e aceptar que a coherencia ten un prezo. De feito, a verdadeira proba desa posición non está nos discursos, senón nas decisións que non xeran aplauso inmediato ou respaldo electoral.

Existe ademais outro risco: o de confundir o recoñecemento internacional ou a aprobación de certos actores cunha validación moral. Ser considerado “home de paz” por réximes que non respectan dereitos fundamentais, ou que foron responsables da represión das súas propias poboacións, debería invitar máis á cautela que ao orgullo. Que te feliciten ou coloquen adhesivos co teu rostro nalgúns mísiles son exemplos diso. A historia está chea de líderes eloxiados no seu momento por quen menos autoridade moral tiñan para facelo.

Porque a historia, cando finalmente dita o seu veredicto, non adoita premiar a quen soubo adaptarse mellor, senón a quen foi capaces de manterse fieis a uns principios, mesmo cando facelo custoulles o poder.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Los vigilantes del odio

El Gobierno ha anunciado la semana pasada, en un acto con puesta en escena «made in Moncloa», la creación de una nueva herramienta para medir y combatir el odio en las redes sociales. Se llama HODIO, acrónimo de “Huella del Odio”, y cuya teórica pretensión es analizar cómo circulan determinados discursos en las redes, cómo se amplifican y qué plataformas los toleran o no. La iniciativa nos la venden como una defensa de la convivencia frente a la creciente polarización social.

En abstracto, la idea es difícil de discutir ya que nadie puede estar a favor del odio en una sana convivencia. El problema empieza cuando quienes ahora se presentan como guardianes de la concordia han sido los que durante años han creado el clima político que ahora dicen combatir.

Porque la polarización que hoy se invoca como amenaza no apareció de la nada ni nació espontáneamente en las redes sociales. Fue cultivada desde la propia política. Durante demasiado tiempo la estrategia dominante consistió en dividir el espacio público en bloques morales irreconciliables: los buenos frente a los malos, los demócratas frente a los supuestos enemigos de la democracia, los progresistas frente a la derecha. En ese clima el adversario dejó de ser simplemente un rival político para convertirse en alguien al que había que deslegitimar. Baste recordar el discurso del presidente Sánchez en su toma de posesión, hablando de levantar un muro contra la derecha, al que siguieron infinitas acciones de división entre españoles.

Seguramente que de aquellos polvos vienen estos lodos.

Resulta llamativo que quienes ahora anuncian instrumentos para medir el odio sean los mismos que han protagonizado también algunas de las campañas de descalificación más intensas de los últimos años. No sólo contra rivales políticos, sino incluso dentro de sus propias filas, como en el caso del fallecido socialista Lambán. La política española ha conocido episodios de linchamiento público contra compañeros cuyo único delito fue discrepar del rumbo marcado por el líder de turno. Antes de descubrir el odio en las redes, algunos ya lo practicaban en su casa.

Pero el problema es mayor. En los últimos años han ido apareciendo distintos instrumentos con un denominador común: ampliar la capacidad del poder para supervisar el espacio público. Primero fueron los anuncios para vigilar la desinformación y combatir las llamadas fake news. Ahora llegan sistemas para medir el odio y monitorizar el clima del debate digital. Al mismo tiempo avanza el debate sobre el euro digital, que permitirá una trazabilidad cada vez mayor de las transacciones económicas, y por lo tanto de nuestros movimientos.

Cada una de estas iniciativas se presenta por separado como razonables, pero vistas en conjunto dibujan una dirección inquietante, la de un poder político cada vez más presente en el control de la información y, potencialmente, también de la actividad económica de los ciudadanos.

La cuestión no es sólo técnica, es profundamente política, porque sólo cabe preguntarse quién decide qué es odio y qué es simplemente crítica, quién establece qué información es desinformación y cuál no lo es, o quién define los límites de lo aceptable en el debate público. En España el gobierno.

Cuando el poder empieza a vigilar el odio, los sentimientos y hasta el dinero de los ciudadanos, la escena recuerda inevitablemente a ese viejo refrán: poner al lobo a cuidar de las ovejas.


Os vixiantes do odio

O Goberno anunciou a semana pasada, nun acto con posta en escena «made in Moncloa», a creación dunha nova ferramenta para medir e combater o odio nas redes sociais. Chámase HODIO, acrónimo de “Pegada do Odio”, e cuxa teórica pretensión é analizar como circulan determinados discursos nas redes, como se amplifican e que plataformas toléranos ou non. A iniciativa véndennola como unha defensa da convivencia fronte á crecente polarización social.

En abstracto, a idea é difícil de discutir xa que ninguén pode estar a favor do odio nunha sa convivencia. O problema empeza cando quen agora se presentan como gardiáns da concordia foron os que durante anos crearon o clima político que agora din combater.

Porque a polarización que hoxe se invoca como ameaza non apareceu da nada nin naceu espontaneamente nas redes sociais. Foi cultivada desde a propia política. Durante demasiado tempo a estratexia dominante consistiu en dividir o espazo público en bloques morais irreconciliables: os bos fronte aos malos, os demócratas fronte aos supostos inimigos da democracia, os progresistas fronte á dereita. Nese clima o adversario deixou de ser simplemente un rival político para converterse en alguén ao que había que deslexitimar. Baste lembrar o discurso do presidente Sánchez na súa toma de posesión, falando de levantar un muro contra a dereita, ao que seguiron infinitas accións de división entre españois.

Seguramente que daqueles pos veñen estes lodos.

Resulta rechamante que quen agora anuncian instrumentos para medir o odio sexan os mesmos que protagonizaron tamén algunhas das campañas de descualificación máis intensas dos últimos anos. Non só contra rivais políticos, senón mesmo dentro das súas propias filas, como no caso do falecido socialista Lambán. A política española ha coñecido episodios de linchamento público contra compañeiros cuxo único delito foi discrepar do rumbo marcado polo líder de quenda. Antes de descubrir o odio nas redes, algúns xa o practicaban na súa casa.

Pero o problema é maior. Nos últimos anos foron aparecendo distintos instrumentos cun denominador común: ampliar a capacidade do poder para supervisar o espazo público. Primeiro foron os anuncios para vixiar a desinformación e combater as chamadas fake news. Agora chegan sistemas para medir o odio e monitorizar o clima do debate dixital. Ao mesmo tempo avanza o debate sobre o euro dixital, que permitirá unha rastrexabilidade cada vez maior das transaccións económicas, e por tanto dos nosos movementos.

Cada unha destas iniciativas preséntase por separado como razoables, pero vistas en conxunto debuxan unha dirección inquietante, a dun poder político cada vez máis presente no control da información e, potencialmente, tamén da actividade económica dos cidadáns.

A cuestión non é só técnica, é profundamente política, porque só cabe preguntarse quen decide que é odio e que é simplemente crítica, quen establece que información é desinformación e cal non o é, ou quen define os límites do aceptable no debate público. En España o goberno.

Cando o poder empeza a vixiar o odio, os sentimentos e ata o diñeiro dos cidadáns, a escena lembra inevitablemente a ese vello refrán: poñer ao lobo para coidar das ovellas.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Adicción digital y futuro social

En un mundo hiperinformado puede que estemos perdiendo la capacidad de asimilar todas las noticias y datos que nos llegan a diario, y puede que con ello pongamos el foco en aquellas que parecen más impactantes y pasemos por alto otras que escondan temas de mayor gravedad.

Una de las que han pasado casi como anecdóticas en medio de informativos centrados en casos reiterados de corrupción o en acontecimientos acontecidos hace más de cuarenta años, me ha vuelto a preocupar. Tiene que ver con las consecuencias de la creciente adicción de jóvenes y no tan jóvenes a la utilización creciente de pantallas digitales, especialmente en los teléfonos móviles.

No estamos hablando de una moda pasajera, hablamos de comportamientos adictivos, de ansiedad cuando nos falta el móvil, de pérdida de control. ¿A que les recuerda? Salvando las distancias, a los comportamientos de personas dependientes del consumo de determinadas sustancias.

Algunos estudios señalan que muchos adolescentes superan las 7 horas diarias de exposición a pantallas. Otros a que más de la mitad reconoce dependencia del móvil. 

La noticia en cuestión citaba estudios seudocientíficos en los que se describen las alteraciones que se producen en los circuitos de recompensa de estas personas con un uso compulsivo de pantallas, presentando patrones que recuerdan a los de personas consumidores de diversos estupefacientes, lo que constata que determinados estímulos digitales activan los mismos mecanismos de otras adicciones.

Estos mismos estudios dicen que cuando el cerebro aprende a necesitar de una respuesta inmediata a un mensaje, a necesitar de un «like» al comentario o foto subida a la red, a necesitar recibir recompensas y atención, estamos hablando de algo mucho más serio que de un simple entretenimiento. Hablamos de impactos no sólo en el aspecto físico, sino cognitivo, como la pérdida de concentración, intolerancia a la espera o una enorme dependencia de recibir gratificación casi al instante, cuestiones que están llevando a muchos jóvenes a verse diagnosticados de comportamientos depresivos.

Son muchas las preguntas suscitadas por estas noticias, y una de las que yo me hago, es qué ocurrirá en nuestra sociedad cuando esta generación acceda a los puestos de responsabilidad en los centros de decisión públicos y privados. No vean en esto un intento por mi parte de descalificar a nadie por su edad, sólo pretendo reflexionar sobre el espacio que entre todos hemos creado y las consecuencias que conlleva.

En paralelo, también me ha inquietado otro fenómeno reciente, el del comportamiento de personas, generalmente adolescentes, que dicen identificarse con una identidad animal, los denominados therians, algo que lejos de ridiculizar debería hacernos pensar en las causas de su aparición, seguramente también vinculadas al mundo digital donde las identidades se construyen en entornos donde el límite entre lo imaginado y lo real es cada vez más difuso.

Y mientras tanto otra noticia completa mi nivel de inquietud; en Galicia hay más jabalíes que niños menores de 3 años, un contraste que no debería dejarnos indiferentes.

En definitiva, estamos contribuyendo a crear una sociedad con menos niños y más pantallas. Esos niños que pronto estarán llamados a sostener nuestras instituciones, nuestra sociedad. Deberíamos prestar más atención al tipo de entorno en el que están creciendo, porque el problema no es la tecnología, sino la dependencia.

Y una sociedad dependiente difícilmente puede ser plenamente libre.

 

Adicción dixital e futuro social

Nun mundo hiperinformado poida que esteamos a perder a capacidade de asimilar todas as noticias e datos que nos chegan a diario, e poida que con iso poñamos o foco naquelas que parecen máis impactantes e pasemos por alto outras que escondan temas de maior gravidade.

Unha das que pasaron case como anecdóticas no medio de informativos centrados en casos reiterados de corrupción ou en acontecementos acontecidos fai máis de corenta anos, volveume a preocupar. Ten que ver coas consecuencias da crecente adicción de mozas e non tan novas á utilización crecente de pantallas dixitais, especialmente nos teléfonos móbiles.

Non estamos a falar dunha moda pasaxeira, falamos de comportamentos aditivos, de ansiedade cando nos falta o móbil, de perda de control. A que lles lembra? Salvando as distancias, aos comportamentos de persoas dependentes do consumo de determinadas substancias.

Algúns estudos sinalan que moitos adolescentes superan as 7 horas diarias de exposición a pantallas. Outros a que máis da metade recoñece dependencia do móbil. 

A noticia en cuestión citaba estudos seudocientíficos nos que se describen as alteracións que se producen nos circuítos de recompensa destas persoas cun uso compulsivo de pantallas, presentando patróns que lembran aos de persoas consumidores de diversos estupefacientes, o que constata que determinados estímulos dixitais activan os mesmos mecanismos doutras adiccións.

Estes mesmos estudos din que cando o cerebro aprende a necesitar dunha resposta inmediata a unha mensaxe, a necesitar dun «like» ao comentario ou foto subida á rede, a necesitar recibir recompensas e atención, estamos a falar de algo moito máis serio que dun simple entretemento. Falamos de impactos non só no aspecto físico, senón cognitivo, como a perda de concentración, intolerancia á espera ou unha enorme dependencia de recibir gratificación case ao instante, cuestións que están a levar a moitos mozos para verse diagnosticados de comportamentos depresivos.

Son moitas as preguntas suscitadas por estas noticias, e unha das que eu me fago, é que ocorrerá na nosa sociedade cando esta xeración acceda aos postos de responsabilidade nos centros de decisión públicos e privados. Non vexan nisto un intento pola miña banda de descualificar a ninguén pola súa idade, só pretendo reflexionar sobre o espazo que entre todos creamos e as consecuencias que conleva.

En paralelo, tamén me inquietou outro fenómeno recente, o do comportamento de persoas, xeralmente adolescentes, que din identificarse cunha identidade animal, os denominados therians, algo que lonxe de ridiculizar debería facernos pensar nas causas da súa aparición, seguramente tamén vinculadas ao mundo dixital onde as identidades constrúense en contornas onde o límite entre o imaxinado e o real é cada vez máis difuso.

E mentres tanto outra noticia completa o meu nivel de inquietude; en Galicia hai máis xabarís que nenos menores de 3 anos, un contraste que non debería deixarnos indiferentes.

En definitiva, estamos a contribuír a crear unha sociedade con menos nenos e máis pantallas. Eses nenos que pronto estarán chamados a soster as nosas institucións, a nosa sociedade. Deberiamos prestar máis atención ao tipo de contorna no que están a crecer, porque o problema non é a tecnoloxía, senón a dependencia.

E unha sociedade dependente dificilmente pode ser plenamente libre.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Mascaradas

Es tiempo de Carnaval. Disfraces, comidas, bailes, y otras diversiones ligadas a tradiciones en muchos lugares. Pero también muchos de los protagonistas de la política actual parecen participar en ese carnaval de manera duradera en el tiempo. 

El poder siempre ha tenido algo de teatro, aunque hubo un tiempo en que, tras el decorado, existía al menos el ejercicio de decir la verdad y la conciencia de responsabilidad. Hoy la escenografía lo abarca todo. La prioridad ya no es lo que sucede realmente, sino cómo se cuenta. No es la decisión, sino la narrativa que la envuelve. Lo conocido como el relato.

En estas últimas semanas hemos vuelto a comprobar que si los resultados electorales no acompañan, la culpa se desplaza. Se buscan causas externas, conspiraciones mediáticas o herencias incómodas. Incluso, en un ejemplo de hasta donde algunos pueden llegar a ser ejemplos indignos de representantes públicos,  se señala a quien ya no puede responder. El muerto como coartada es una forma extrema de eludir la responsabilidad de quien la utiliza. Nada más repugnante que culpar a quien ya no está para defenderse. Como habrán adivinado me estoy refiriendo al abominable caso de culpar desde el gobierno de España a un compañero de partido en Aragón que gobernó esa tierra durante 8 años y ha fallecido recientemente.

Algo parecido hemos visto en un reciente accidente grave en una infraestructura pública, el guion tampoco se altera: nos hablan de incidencias, de protocolos, de informes técnicos. La responsabilidad política se evapora entre comunicados. Dimitir se ha convertido en una rareza casi antropológica, como si reconocer un fallo fuera más grave que el fallo mismo.

También en la escena internacional la política adopta gestos calculados para consumo interno. No importa tanto el resultado diplomático como la fotografía, el mensaje, el encuadre ideológico. El adversario externo se convierte en figurante útil para reforzar el propio relato doméstico.

Y mientras tanto, el discurso oficial proclama que vivimos el mejor momento de nuestra historia ferroviaria, económica o institucional. Puede que haya datos que lo respalden; puede que haya avances reales. Pero la insistencia triunfalista frente a la vivencia diaria de los ciudadanos revela algo más profundo: la convicción de que la percepción puede moldearse a golpe de eslogan, o de un relato fabricado con la finalidad de que repetido mil veces modifique esa percepción ciudadana.

Pero como en todo carnaval, llegará un momento en que la música cese. Entonces, inevitablemente, las máscaras caen. Y cuando eso ocurra, no quedará el personaje cuidadosamente construido, sino el rostro verdadero. Veremos quien asumió responsabilidades y quien las esquivó; quien gobernó con verdad y quien administró relatos. Porque cuando se retiren las máscaras, ya no habrá escenografía que proteja la cara que quede al descubierto.

El escenario político actual en España, como he dicho, se parece hoy a una celebración prolongada con disfraces. La pregunta que me hago no es cuánto durará la fiesta, sino qué panorama veremos cuando termine.

Mascaradas

É tempo de Entroido. Disfraces, comidas, bailes, e outras diversións ligadas a tradicións en moitos lugares. Pero tamén moitos dos protagonistas da política actual parecen participar nese entroido de maneira duradeira no tempo. 

O poder sempre tivo algo de teatro, aínda que houbo un tempo en que, tras o decorado, existía polo menos o exercicio de dicir a verdade e a conciencia de responsabilidade. Hoxe a escenografía abárcao todo. A prioridade xa non é o que sucede realmente, senón como se conta. Non é a decisión, senón a narrativa que a envolve. O coñecido como o relato.

Nestas últimas semanas volvemos a comprobar que se os resultados electorais non acompañan, a culpa desprázase. Búscanse causas externas, conspiracións mediáticas ou herdanzas incómodas. Mesmo, nun exemplo de ata onde algúns poden chegar a ser exemplos indignos de representantes públicos,  sinálase a quen xa non pode responder. O morto como coartada é unha forma extrema de eludir a responsabilidade de quen a utiliza. Nada máis repugnante que culpar a quen xa non está para defenderse. Como adiviñarían estou a referirme ao abominable caso de culpar desde o goberno de España a un compañeiro de partido en Aragón que gobernou esa terra durante 8 anos e faleceu recentemente.

Algo parecido vimos nun recente accidente grave nunha infraestrutura pública, o guion tampouco se altera: fálannos de incidencias, de protocolos, de informes técnicos. A responsabilidade política se evapora entre comunicados. Dimitir converteuse nunha rareza case antropolóxica, coma se recoñecer un fallo fose máis grave que o fallo mesmo.

Tamén na escena internacional a política adopta xestos calculados para consumo interno. Non importa tanto o resultado diplomático como a fotografía, a mensaxe, o encadre ideolóxico. O adversario externo convértese en figurante útil para reforzar o propio relato doméstico.

E mentres tanto, o discurso oficial proclama que vivimos o mellor momento da nosa historia ferroviaria, económica ou institucional. Poida que haxa datos que o apoien; poida que haxa avances reais. Pero a insistencia triunfalista fronte á vivencia diaria dos cidadáns revela algo máis profundo: a convicción de que a percepción pode moldearse a golpe de slogan, ou dun relato fabricado coa finalidade de que repetido mil veces modifique esa percepción cidadá.

Pero como en todo entroido, chegará un momento en que o música cesamento. Entón, inevitablemente, as máscaras caen. E cando iso ocorra, non quedará o personaxe coidadosamente construído, senón o rostro verdadeiro. Veremos quen asumiu responsabilidades e quen as esquivou; quen gobernou con verdade e quen administrou relatos. Porque cando se retiren as máscaras, xa non haberá escenografía que protexa a cara que quede ao descuberto.

O escenario político actual en España, como dixen, parécese hoxe a unha celebración prolongada con disfraces. A pregunta que me fago non é canto durará a festa, senón que panorama veremos cando termine.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Los mantenimientos no se inauguran

Ha sido un ingeniero, el presidente de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios, que ha dedicado toda su vida profesional al ferrocarril, quién pronunciaba la frase que he rescatado para titular este artículo.

Una de las carencias más persistentes de nuestra vida pública no tiene que ver tanto con la falta de recursos como con la forma en que se gestionan. Durante años se ha asumido con demasiada ligereza que cualquier inversión es, por definición, una buena noticia, sin detenerse demasiado en algo tan básico como quién la dirige, con qué criterios y con qué preparación.

En mi opinión, al frente de las instituciones inversoras debería primar la capacidad de gestión, la planificación y la cualificación técnica. No como un valor añadido, sino como una condición mínima. Las empresas públicas nunca deben ser un refugio para colocar a fieles del gobernante de turno.  Invertir no consiste sólo en gastar ni en poner en marcha proyectos, sino en prever su mantenimiento, su coste futuro y su utilidad real a lo largo del tiempo. Cuando esa lógica se sustituye por la urgencia política o el rédito inmediato, el resultado suele ser el mismo: se inaugura mucho, pero se cuida y presupuesta poco para su duración óptima.

Este modelo se aprecia en las grandes infraestructuras, pero también, y de forma muy clara, en el ámbito local. Un munícipe vende bien la reforma visible de una calle: nuevas aceras, farolas modernas, pavimento recién estrenado. Hay fotos, hay inauguración, en ocasiones chocolatadas, y hay sensación inmediata de cambio, aunque los materiales elegidos no sean los idóneos y a los pocos meses las calles se vean levantadas. Mucho peor se vende, en cambio, la renovación de una red de saneamiento o de abastecimiento que va enterrada y que, una vez ejecutada, sigue sin verse.

Sin embargo, es esa infraestructura oculta la que generalmente garantiza que todo lo demás funcione. Renovar tuberías antiguas, prevenir fugas o evitar averías no genera titulares ni votos a corto plazo. Se invierte mucho dinero para que, aparentemente, no se aprecie cambio alguno. Y en la política actual, lo que no se ve suele contar poco. 

Porque el problema es ese: los mantenimientos no se inauguran. No hay corte de cinta para una carretera bien conservada, ni acto institucional para una red de abastecimiento o saneamiento que funciona. El éxito del mantenimiento es que no se note. Y eso encaja mal en una cultura política dominada por el impacto visual.

Pero esta lógica no es solo responsabilidad de quienes gobiernan. También nos interpela como sociedad. Hemos aprendido a valorar lo nuevo y a ignorar lo que funciona sin hacer ruido. Sólo prestamos atención al mantenimiento cuando falla: cuando hay una avería, cuando se corta un suministro o cuando reventamos una rueda en una carretera llena de baches.

Ahí están algunas vías nacionales, como la que une Lugo y Ourense, mostrando las consecuencias de un mantenimiento inadecuado. Qué decir de las presas en los embalses o de las líneas ferroviarias. Lo mismo cabría apuntar de decenas de vías urbanas de Lugo que exigen destreza al volante para no dejarse una rueda o una avería peor, de los senderos en parques fluviales, de los parques infantiles o del mobiliario urbano. Son sólo unos ejemplos.

Quizá gobernar bien no consista en inaugurar más infraestructuras, sino en cuidar mejor las que ya prestan servicio. Y quizá también debamos aprender a valorar lo que no se ve antes de que deje de funcionar. 


Os mantementos non se inauguran

Foi un enxeñeiro, o presidente da Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios, que dedicou toda a súa vida profesional ao ferrocarril, quen pronunciaba a frase que rescatei para titular este artigo.

Unha das carencias máis persistentes da nosa vida pública non ten que ver tanto coa falta de recursos como coa forma en que se xestionan. Durante anos asumiuse con demasiada lixeireza que calquera investimento é, por definición, unha boa noticia, sen deterse demasiado en algo tan básico como quen a dirixe, con que criterios e con que preparación.

Na miña opinión, á fronte das institucións investidoras debería primar a capacidade de xestión, a planificación e a cualificación técnica. Non como un valor engadido, senón como unha condición mínima. As empresas públicas nunca deben ser un refuxio para colocar a fieis do gobernante de quenda.  Investir non consiste só en gastar nin en poñer en marcha proxectos, senón en prever o seu mantemento, o seu custo futuro e a súa utilidade real ao longo do tempo. Cando esa lóxica substitúese pola urxencia política ou o rédito inmediato, o resultado adoita ser o mesmo: inaugúrase moito, pero cóidase e orza pouco para a súa duración óptima.

Este modelo apréciase nas grandes infraestruturas, pero tamén, e de forma moi clara, no ámbito local. Un concelleiro vende ben a reforma visible dunha rúa: novas beirarrúas, farois modernos, pavimento recentemente estreado. Hai fotos, hai inauguración, en ocasións chocolatadas, e hai sensación inmediata de cambio, aínda que os materiais elixidos non sexan os idóneos e aos poucos meses as rúas véxanse levantadas. Moito peor véndese, en cambio, a renovación dunha rede de saneamento ou de abastecemento que vai enterrada e que, unha vez executada, segue sen verse.

Con todo, é esa infraestrutura oculta a que xeralmente garante que todo o demais funcione. Renovar tubaxes antigas, previr fugas ou evitar avarías non xera titulares nin votos a curto prazo. Invístese moito diñeiro para que, aparentemente, non se aprecie cambio algún. E na política actual, o que non se ve adoita contar pouco. 

Porque o problema é ese: os mantementos non se inauguran. Non hai corte de cinta para unha estrada ben conservada, nin acto institucional para unha rede de abastecemento ou saneamento que funciona. O éxito do mantemento é que non se note. E iso encaixa mal nunha cultura política dominada polo impacto visual.

Pero esta lóxica non é só responsabilidade de quen goberna. Tamén nos interpela como sociedade. Aprendemos a valorar o novo e a ignorar o que funciona sen facer ruído. Só prestamos atención ao mantemento cando falla: cando hai unha avaría, cando se corta unha subministración ou cando rebentamos unha roda nunha estrada chea de fochancas.

Aí están algunhas vías nacionais, como a que une Lugo e Ourense, mostrando as consecuencias dun mantemento inadecuado. Que dicir das presas nos encoros ou das liñas ferroviarias. O mesmo cabería apuntar de decenas de vías urbanas de Lugo que esixen destreza ao volante para non deixarse unha roda ou unha avaría peor, dos carreiros en parques fluviais, dos parques infantís ou do mobiliario urbano. Son só uns exemplos.

Quizá gobernar ben non consista en inaugurar máis infraestruturas, senón en coidar mellor as que xa prestan servizo. E quizá tamén debamos aprender a valorar o que non se ve antes de que deixe de funcionar.

miércoles, 21 de enero de 2026

Si yo tuviera un tractor

Si tuviera un tractor, una ganadería o un barco pesquero, seguramente que también estaría ante una delegación administrativa, un puerto o una carretera. Alzando mi voz, trasladando mi preocupación por lo que se me vendría encima. No estaría por gusto ni afición a la pancarta, sino porque son momentos en los que el margen de supervivencia es mínimo. Y lo es porque cuando una tuerca se aprieta una y otra vez, llega un punto en que una nueva vuelta de tuerca ya no es posible y rompe.

No es la primera vez que los agricultores, ganaderos y pescadores salen a la calle con sus demandas y protestas. Ya han acudido a Bruselas, a Madrid y a muchas capitales de nuestras provincias. Han escuchado promesas, alcanzado algunos compromisos y regresado a sus casas esperanzados de que algo mejoraría. Pero lo que cambiaba siempre era lo mismo, una nueva vuelta de tuerca. Más burocracia, más controles, más exigencias y menos rentabilidad en sus trabajos.

En una de las ultimas grandes concentraciones ante las políticas europeas se les prometió reducir los trámites burocráticos a los que llevan sometidos tiempo. Les prometieron menos trámites absurdos, menos papeles, menos horas dedicadas a permanecer ante una pantalla o en una gestoría. La realidad ha sido la contraria, más formularios, incremento de inspecciones de diferentes ministerios y más obligaciones administrativas que han convertido al agricultor y al ganadero en gestores administrativos y en contables, y a los pescadores en sospechosos permanentes.

Ahora, a todo lo anterior, se le suma la preocupación por los acuerdos internacionales como Mercosur. No se trata sólo de vigilar que los productos que llegan de fuera cumplan con las normas sanitarias o medioambientales que aquí se les exigen. Se trata también de tener presente que las condiciones laborales que se exigen en uno u otro lado del Atlántico no son ni parecidas. Obligar a competir en esas condiciones no será un libre comercio, será una desigualdad bendecida desde las instituciones.

En una provincia como la de Lugo, agrícola, ganadera y pesquera, estas decisiones no pueden tomarse como debates teóricos. Son explotaciones que se ven abocadas al cierre, jóvenes que ya no se incorporarán y pueblos que pierden vida. Las protestas que estamos viendo no son ideológicas, se protesta por supervivencia. Sin rentabilidad, sin precios justos y competencia en igualdad de condiciones no hay posible relevo generacional, porque no habrá donde dar ese relevo, y sin relevo no hay futuro.

Durante años los burócratas de Bruselas, presionados por los grandes lobbies, han venido utilizando al campo y a la pesca como moneda de cambio en los grandes acuerdos. Se sacrifican a estos sectores para beneficiar a otros, y luego se les trata de compensar con ayudas y anuncios grandilocuentes. Pero lo que parecen ignorar es que cada explotación que cierra difícilmente vuelve a abrir. Un barco que se amarra por estas decisiones incomprensibles no zarpará de nuevo o irá al desguace.

Las movilizaciones de estos días son consecuencia del cansancio acumulado, el tornillo ha llegado a su final. Decía Quevedo que «poderoso caballero es don Dinero». Pero convendría recordar algo de sentido común: sin agricultores, ganaderos y pescadores no habrá ni territorio, ni soberanía alimentaria, ni medio rural que salvar.

Por esto, si yo tuviera un tractor también estaría en las protestas. Y no pediría privilegios, sino que me dejen vivir de mi trabajo.

Se eu tivese un tractor

Se tivese un tractor, unha gandería ou un barco pesqueiro, seguramente que tamén estaría #ante unha delegación administrativa, un porto ou unha estrada. Alzando a miña voz, trasladando a miña preocupación polo que se me viría encima. Non estaría por gusto nin afección á pancarta, senón porque son momentos nos que a marxe de supervivencia é mínimo. E o é porque cando unha porca apértase unha e outra vez, chega un punto en que unha nova volta de porca xa non é posible e rompe.

Non é a primeira vez que os agricultores, gandeiros e pescadores saen á rúa coas súas demandas e protestas. Xa acudiron a Bruxelas, a Madrid e a moitas capitais das nosas provincias. Escoitaron promesas, alcanzado algúns compromisos e regresado ás súas casas esperanzados de que algo melloraría. Pero o que cambiaba sempre era o mesmo, unha nova volta de porca. Más burocracia, máis controis, máis esixencias e menos rendibilidade nos seus traballos.

Nunha de ultímalas grandes concentracións #ante as políticas europeas prometéuselles reducir os trámites burocráticos aos que levan sometidos tempo. Prometéronlles menos trámites absurdos, menos papeis, menos horas dedicadas a permanecer #ante unha pantalla ou nunha xestoría. A realidade foi a contraria, máis formularios, incremento de inspeccións de diferentes ministerios e máis obrigacións administrativas que converteron ao agricultor e ao gandeiro en xestores administrativos e en contables, e aos pescadores en sospeitosos permanentes.

Agora, a todo o anterior, súmaselle a preocupación polos acordos internacionais como Mercosur. Non se trata só de vixiar que os produtos que chegan de fóra cumpran coas normas sanitarias ou ambientais que aquí se lles esixen. Trátase tamén de ter presente que as condicións laborais que se esixen nun ou outro lado do Atlántico non son nin parecidas. Obrigar a competir nesas condicións non será un libre comercio, será unha desigualdade bendicida desde as institucións.

Nunha provincia como a de Lugo, agrícola, gandeira e pesqueira, estas decisións non poden tomarse como debates teóricos. Son explotacións que ven abocadas ao peche, mozos que xa non se incorporarán e pobos que perden vida. As protestas que estamos a ver non son ideolóxicas, protéstase por supervivencia. Sen rendibilidade, sen prezos xustos e competencia en igualdade de condicións non hai posible substitución xeracional, porque non haberá onde dar esa substitución, e sen substitución non hai futuro.

Durante anos os burócratas de Bruxelas, presionados polos grandes lobbies, viñeron utilizando ao campo e á pesca como moeda de cambio nos grandes acordos. Sacrifícanse a estes sectores para beneficiar a outros, e logo trátaselles de compensar con axudas e anuncios grandilocuentes. Pero o que parecen ignorar é que cada explotación que pecha dificilmente volve abrir. Un barco que se amarra por estas decisións incomprensibles non partirá de novo ou irá ao despezamento.

As mobilizacións destes días son consecuencia do cansazo acumulado, o parafuso chegou ao seu final. Dicía Quevedo que «poderoso cabaleiro é don Diñeiro». Pero conviría lembrar algo de sentido común: sen agricultores, gandeiros e pescadores non haberá nin territorio, nin soberanía alimentaria, nin medio rural que salvar.

Por isto, se eu tivese un tractor tamén estaría nas protestas. E non pediría privilexios, senón que me deixen vivir do meu traballo.

miércoles, 7 de enero de 2026

Cuidar de lo que importa

Hay vídeos que, sin levantar la voz, dicen más que muchos discursos. Es lo que me ha ocurrido con uno de esos que circulan en estas fechas para felicitarnos la Navidad y el Nuevo Año. Por si no lo recibieron, trata de un hombre ya mayor que se motiva con la foto de su nieta para recuperar la forma física que había perdido y reponer fuerzas para poder coger y aupar a su nieta a lo alto del árbol de Navidad y ver como coloca la estrella que lo corona: (Puede verlo aquí)

Este breve anuncio navideño lo hace a través de una historia mínima y una frase final en inglés que actúa como conclusión moral: “So you can take care of what matters in life”. Traducido: “Para que puedas cuidar de lo que de verdad importa en la vida.”

Una primera lectura resulta íntima, diría que casi incómoda, porque tiene que ver con lo que nos ocurre a muchos a nivel personal. Pasamos años, décadas, dedicando tiempo y energía a lo que podíamos considerar como accesorio: al trabajo que parece no acabar nunca, a las cosas que siempre parecen inaplazables, a compromisos que se imponen sobre lo esencial. 

Mientras tanto, los hijos crecen, las parejas envejecen a nuestro lado, y la vida va avanzando de manera rápida, sin pedir permiso.

Es cuando llegamos a una edad más avanzada cuando empezamos a valorar aquello que durante tanto tiempo dimos por supuesto. Entonces comprendemos que el tiempo no era infinito y que no todo podía posponerse. Yo mismo he ido confeccionando una lista de proyectos para el momento en que me llegara la jubilación y ahora soy consciente de que no tendré tiempo para ejecutar muchos de ellos.

En el vídeo, el abuelo lo entiende con claridad: su objetivo tiene un sentido concreto y profundamente humano: ponerse en forma para poder coger a su nieta en brazos. Ese gesto sencillo se convierte en su aliciente, en su razón para cuidarse, en la expresión más clara de lo que realmente importa.

La historia nos interpela porque a menudo empezamos a cuidar lo esencial cuando ya hemos gastado demasiadas energías en lo secundario.

Pero el vídeo me llevó a una segunda lectura, menos sentimental y más política. Lo que ocurre en nuestras vidas individuales no es tan distinto de lo que sucede en la vida pública. También ahí se invierte una enorme cantidad de tiempo, recursos y esfuerzo en lo accesorio, mientras se relega lo importante.

Muchos responsables políticos dedican más energía a construir relatos que a atender los problemas reales.

Al igual que en la vida personal, en política también hay una tendencia a confundir movimiento con dirección, actividad con sentido. Se hacen muchas cosas, pero no siempre las que importan. Se anuncian planes, reformas y estrategias, pero se descuida aquello que sostiene de verdad a una sociedad: mejorar la calidad de vida, el cuidado de las personas, especialmente de las más vulnerables.

Por eso la frase final del vídeo funciona también como una advertencia colectiva. “Para que puedas cuidar de lo que de verdad importa en la vida.”. La pregunta no es si hacemos mucho, sino si estamos dedicando nuestros mejores esfuerzos a lo que realmente importa, tanto en la esfera privada como en la pública.

Tal vez el verdadero progreso no consista en ir más rápido ni en hacer más cosas, sino en aprender, a tiempo, a distinguir lo esencial de lo accesorio. Y actuar en consecuencia, antes de que sea tarde.


Coidar do que importa

Hai vídeos que, sen levantar a voz, din máis que moitos discursos. É o que me ocorreu cun deses que circulan nestas datas para felicitarnos o Nadal e o Novo Ano. Por se non o recibiron, trata dun home xa maior que se motiva coa foto da súa neta para recuperar a forma física que perdera e repoñer forzas para poder coller e levantar á súa neta ao alto da árbore de Nadal e ver como coloca a estrela que o coroa: (Pode velo aquí)

Este breve anuncio do Nadal faio a través dunha historia mínima e unha frase final en inglés que actúa como conclusión moral: “So you can take care of what matters in life”. Traducido: “Para que poidas coidar do que de verdade importa na vida.”

Unha primeira lectura resulta íntima, diría que case incómoda, porque ten que ver co que nos ocorre a moitos a nivel persoal. Pasamos anos, décadas, dedicando tempo e enerxía ao que podiamos considerar como accesorio: ao traballo que parece non acabar nunca, ás cousas que sempre parecen inaprazables, a compromisos que se impoñen sobre o esencial. 

Mentres tanto, os fillos crecen, as parellas envellecen ao noso lado, e a vida vai avanzando de maneira rápida, sen pedir permiso.

É cando chegamos a unha idade máis avanzada cando empezamos a valorar aquilo que durante tanto tempo demos por suposto. Entón comprendemos que o tempo non era infinito e que non todo podía pospoñerse. Eu mesmo fun confeccionando unha lista de proxectos para o momento en que me chegase a xubilación e agora son consciente de que non terei tempo para executar moitos deles.

No vídeo, o avó enténdeo con claridade: o seu obxectivo ten un sentido concreto e profundamente humano: poñerse en forma para poder coller á súa neta en brazos. Ese xesto sinxelo convértese no seu aliciente, na súa razón para coidarse, na expresión máis clara do que realmente importa.

A historia interpélanos porque a miúdo empezamos a coidar o esencial cando xa gastamos demasiadas enerxías no secundario.

Pero o vídeo levoume a unha segunda lectura, menos sentimental e máis política. O que ocorre nas nosas vidas individuais non é tan distinto do que sucede na vida pública. Tamén aí invístese unha enorme cantidade de tempo, recursos e esforzo no accesorio, mentres se relega o importante.

Moitos responsables políticos dedican máis enerxía a construír relatos que a atender os problemas reais.

Do mesmo xeito que na vida persoal, en política tamén hai unha tendencia para confundir movemento con dirección, actividade con sentido. Fanse moitas cousas, pero non sempre as que importan. Anúncianse plans, reformas e estratexias, pero descóidase aquilo que sostén de verdade a unha sociedade: mellorar a calidade de vida, o coidado das persoas, especialmente das máis vulnerables.

Por iso a frase final do vídeo funciona tamén como unha advertencia colectiva. “Para que poidas coidar do que de verdade importa na vida.”. A pregunta non é se facemos moito, senón se estamos a dedicar os nosos mellores esforzos ao que realmente importa, tanto na esfera privada como na pública.

Talvez o verdadeiro progreso non consista en ir máis rápido nin en facer máis cousas, senón en aprender, a tempo, a distinguir o esencial do accesorio. E actuar en consecuencia, antes de que sexa tarde.