miércoles, 15 de abril de 2026

La de casa

En un tiempo en el que la información circula de manera global, sin descanso y sin fronteras, lo más cercano puede correr el riesgo de parecernos secundario. Sin embargo, es justamente lo próximo, lo que sucede en nuestra ciudad, en la provincia, en los nombres que nos resultan familiares, lo que acaba teniendo una influencia más directa en nuestro día a día.

La prensa local ocupa ahí un lugar especial. No compite en tirada ni en espectacularidad con los grandes medios, porque juega en otro terreno: el de la relevancia inmediata. Lo que publica no nos resulta ni lejano ni abstracto. Tiene consecuencias, matices y, sobre todo, contexto. Y precisamente eso la convierte en una herramienta fundamental para conocer lo que nos rodea.

Pero no sólo informa. También contribuye, de manera constante, a generar un estado de opinión, un sentimiento. Lo hace sin estridencias, a través de la selección de los temas, del espacio que se les concede y del modo en que se cuentan. Así, casi sin advertirlo, se va construyendo una determinada percepción compartida de la realidad más próxima.

Es precisamente esa capacidad de influir en el ánimo colectivo, en generar sentimientos sobre cómo se percibe una comunidad a sí misma, lo que constituye una de sus mayores responsabilidades. No se trata de suavizar los hechos ni de renunciar a la crítica, sino de ejercer un periodismo que, sin faltar a la verdad, sea consciente del efecto que produce su enfoque. Entre el alarmismo y la indiferencia hay un espacio exigente: el de contribuir a una opinión pública informada, serena y, en la medida de lo posible, constructiva. Porque también en lo que se cuenta cada día, y cómo se cuenta, se va modelando la forma en que una sociedad se siente.

En el ámbito local, las personas no son figuras distantes. Tienen nombre, trayectoria y presencia. Quien escribe sobre ellas sabe que no se dirige a una abstracción, sino a alguien con quien puede coincidir al día siguiente. Esa cercanía no debería ser una limitación, sino una exigencia mayor de rigor y de medida.

Para quienes, como yo, tenemos la oportunidad de asomarnos diariamente a sus páginas, el periódico es también un espacio de responsabilidad. No es sólo un escaparate, sino una forma de diálogo con los lectores y, en cierto modo, con la sociedad más cercana. Cuando me propuse que los lucenses se sintieran más orgullosos de su ciudad, sabía que esa meta solo sería posible si también así lo percibía la prensa local.

Mañana se entregará el Premio Puro Cora en su trigésimo tercera edición. Recuerdo haber participado en la primera convocatoria. Mirado desde hoy, aquel inicio permite valorar no sólo la continuidad del premio, sino también la evolución de la propia prensa local en estas décadas. Han cambiado muchas cosas, pero permanece lo esencial.

Porque un periódico local, como El Progreso, es algo más que un medio de información. Forma parte del tejido social, acompaña y deja memoria. Con el tiempo, sus páginas acaban siendo también el relato de una comunidad.

Por eso, pese a las enormes dificultades, sigue siendo necesario. En un mundo cada vez más disperso, hay pocos espacios donde una sociedad pueda reconocerse con tanta claridad. La prensa local, la de casa, continúa siendo uno de ellos.


A de casa

Nun tempo no que a información circula de xeito global, sen descanso e sen fronteiras, o máis próximo pode correr o risco de parecernos secundario. Con todo, é xustamente o próximo, o que sucede na nosa cidade, na provincia, nos nomes que nos resultan familiares, o que acaba tendo unha influencia máis directa no noso día a día.

A prensa local ocupa aí un lugar especial. Non compite en tirada nin en espectacularidade cos grandes medios, porque xoga noutro terreo: o da relevancia inmediata. O que publica non nos resulta nin afastado nin abstracto. Ten consecuencias, matices e, sobre todo, contexto. E precisamente iso convértea nunha ferramenta fundamental para coñecer o que nos rodea.

Pero non só informa. Tamén contribúe, de xeito constante, a xerar un estado de opinión, un sentimento. Faio sen estridencias, a través da selección dos temas, do espazo que se lles concede e do modo en que se contan. Así, case sen advertilo, vaise construíndo unha determinada percepción compartida da realidade máis próxima.

É precisamente esa capacidade de influír no ánimo colectivo, en xerar sentimentos sobre como se percibe unha comunidade a si mesma, o que constitúe unha das súas maiores responsabilidades. Non se trata de suavizar os feitos nin de renunciar á crítica, senón de exercer un xornalismo que, sen faltar á verdade, sexa consciente do efecto que produce o seu enfoque. Entre o alarmismo e a indiferenza hai un espazo esixente: o de contribuír a unha opinión pública informada, serena e, na medida do posible, construtiva. Porque tamén no que se conta cada día, e como se conta, vaise modelando a forma en que unha sociedade séntese.

No ámbito local, as persoas non son figuras distantes. Teñen nome, traxectoria e presenza. Quen escribe sobre elas sabe que non se dirixe a unha abstracción, senón a alguén con quen pode coincidir ao día seguinte. Esa proximidade non debería ser unha limitación, senón unha esixencia maior de rigor e de medida.

Para quen, como eu, temos a oportunidade de asomarnos diariamente ás súas páxinas, o xornal é tamén un espazo de responsabilidade. Non é só un escaparate, senón unha forma de diálogo cos lectores e, en certo xeito, coa sociedade máis próxima. Cando me propuxen que os lucenses sentisen máis orgullosos da súa cidade, sabía que esa meta só sería posible se tamén así o percibía a prensa local.

Mañá entregarase o Premio Puro Cora no seu trixésimo terceira edición. Recordo participar na primeira convocatoria. Mirado desde hoxe, aquel inicio permite valorar non só a continuidade do premio, senón tamén a evolución da propia prensa local nestas décadas. Cambiaron moitas cousas, pero permanece o esencial.

Porque un xornal local, como El Progreso, é algo máis que un medio de información. Forma parte do tecido social, acompaña e deixa memoria. Co tempo, as súas páxinas acaban sendo tamén o relato dunha comunidade.

Por iso, a pesar de as enormes dificultades, segue sendo necesario. Nun mundo cada vez máis disperso, hai poucos espazos onde unha sociedade poida recoñecerse con tanta claridade. A prensa local, a de casa, continúa sendo un deles.

miércoles, 1 de abril de 2026

¿El lado correcto o el conveniente?

La apelación al “lado correcto de la historia” se ha convertido en una de las fórmulas retóricas más potentes, y también ambiguas, de la política actual. Cuando Pedro Sánchez recurre a ella de forma reiterada, no sólo está emitiendo un juicio moral, sino tratando de situarse en una posición de legitimidad incuestionable.

El problema es que esa expresión, en lugar de aclarar, muchas veces confunde porque convierte decisiones políticas discutibles en supuestas verdades históricas inevitables.

Porque la historia no tiene “lado” hasta que ha pasado un tiempo. Y quienes se arrogan hoy la facultad de interpretarla en tiempo real suelen hacerlo desde una lógica más cercana a la conveniencia que a la coherencia. Y en esto este presidente ha demostrado ser especialista.

Ahí es donde surge la diferencia clave: no es lo mismo situarse en el lado correcto que en el lado conveniente. El primero, el lado correcto, exige consistencia, incluso a costa del desgaste o la pérdida de poder. El segundo, el lado conveniente, se adapta a las circunstancias del momento, a los apoyos parlamentarios necesarios o a las estrategias electorales.

En política internacional, el Gobierno ha adoptado posturas críticas con Estados Unidos e Israel en conflictos como los relacionados con Irán o Palestina, buscando alinearse con una determinada sensibilidad europea o con sectores de su propia base política. Sin embargo, esa apelación a principios universales queda deslegitimada cuando, en el ámbito interno, se perciben decisiones que muchos ciudadanos interpretan como concesiones a intereses políticos inmediatos, a la necesidad de mantener el poder.

Así, en el caso de la política penitenciaria respecto a condenados de ETA, para una parte de la sociedad, y de forma especial para las víctimas, determinadas medidas se viven como una cesión que prioriza la estabilidad parlamentaria sobre la memoria, la justicia y la dignidad de quienes sufrieron el terrorismo. Aquí, el contraste entre el discurso moral elevado, el «No a la guerra», y la práctica política concreta resulta difícil de justificar.

Situarse en el lado correcto de la historia no es proclamarse en él, sino sostener una línea de actuación reconocible en contextos distintos, incluso cuando no resulta rentable personal o políticamente. Implica asumir costes, mantener compromisos y aceptar que la coherencia tiene un precio. De hecho, la verdadera prueba de esa posición no está en los discursos, sino en las decisiones que no generan aplauso inmediato o respaldo electoral.

Existe además otro riesgo: el de confundir el reconocimiento internacional o la aprobación de ciertos actores con una validación moral. Ser considerado “hombre de paz” por regímenes que no respetan derechos fundamentales, o que han sido responsables de la represión de sus propias poblaciones, debería invitar más a la cautela que al orgullo. Que te feliciten o coloquen pegatinas con tu rostro en algunos misiles son ejemplos de ello. La historia está llena de líderes elogiados en su momento por quienes menos autoridad moral tenían para hacerlo.

Porque la historia, cuando finalmente dicta su veredicto, no suele premiar a quienes supieron adaptarse mejor, sino a quienes fueron capaces de mantenerse fieles a unos principios, incluso cuando hacerlo les costó el poder.


O lado correcto ou o conveniente?

A apelación ao “lado correcto da historia” converteuse nunha das fórmulas retóricas máis potentes, e tamén ambiguas, da política actual. Cando Pedro Sánchez recorre a ela de forma reiterada, non só está a emitir un xuízo moral, senón tratando de situarse nunha posición de lexitimidade incuestionable.

O problema é que esa expresión, en lugar de aclarar, moitas veces confunde porque converte decisións políticas discutibles en supostas verdades históricas inevitables.

Porque a historia non ten “lado” ata que pasou un tempo. E quen se arroga hoxe a facultade de interpretala en tempo real adoitan facelo desde unha lóxica máis próxima á conveniencia que á coherencia. E nisto este presidente demostrou ser especialista.

Aí é onde xorde a diferenza crave: non é o mesmo situarse no lado correcto que no lado conveniente. O primeiro, o lado correcto, esixe consistencia, mesmo a costa do desgaste ou a perda de poder. O segundo, o lado conveniente, adáptase ás circunstancias do momento, aos apoios parlamentarios necesarios ou ás estratexias electorais.

En política internacional, o Goberno adoptou posturas críticas con Estados Unidos e Israel en conflitos como os relacionados con Irán ou Palestina, buscando aliñarse cunha determinada sensibilidade europea ou con sectores da súa propia base política. Con todo, esa apelación a principios universais queda deslexitimada cando, no ámbito interno, percíbense decisións que moitos cidadáns interpretan como concesións a intereses políticos inmediatos, á necesidade de manter o poder.

Así, no caso da política penal respecto a condenados de ETA, para unha parte da sociedade, e de forma especial para as vítimas, determinadas medidas vívense como unha cesión que prioriza a estabilidade parlamentaria sobre a memoria, a xustiza e a dignidade de quen sufriu o terrorismo. Aquí, o contraste entre o discurso moral elevado, o «Non á guerra», e a práctica política concreta resulta difícil de xustificar.

Situarse no lado correcto da historia non é proclamarse nel, senón soster unha liña de actuación recoñecible en contextos distintos, mesmo cando non resulta rendible persoal ou politicamente. Implica asumir custos, manter compromisos e aceptar que a coherencia ten un prezo. De feito, a verdadeira proba desa posición non está nos discursos, senón nas decisións que non xeran aplauso inmediato ou respaldo electoral.

Existe ademais outro risco: o de confundir o recoñecemento internacional ou a aprobación de certos actores cunha validación moral. Ser considerado “home de paz” por réximes que non respectan dereitos fundamentais, ou que foron responsables da represión das súas propias poboacións, debería invitar máis á cautela que ao orgullo. Que te feliciten ou coloquen adhesivos co teu rostro nalgúns mísiles son exemplos diso. A historia está chea de líderes eloxiados no seu momento por quen menos autoridade moral tiñan para facelo.

Porque a historia, cando finalmente dita o seu veredicto, non adoita premiar a quen soubo adaptarse mellor, senón a quen foi capaces de manterse fieis a uns principios, mesmo cando facelo custoulles o poder.