miércoles, 30 de septiembre de 2026

Entre la empatía y la indiferencia

No sé a ustedes, pero a mí el ambiente político que llevamos viviendo durante los últimos años, como dirían algunos jovencitos, se me está haciendo bola. La política nacional, impulsada por un gobierno más empeñado en mantener un relato con un guion que lleva por título «progresista» que en admitir de una vez su incapacidad para resolver las principales preocupaciones de los ciudadanos, esa política, no resulta precisamente edificante.

La mentira se ha normalizado y la descalificación ya no es solo entre los rivales políticos, sino que ya ha llegado a instituciones y poderes cuya independencia hasta hace poco parecía fuera de discusión.

La desconexión entre quienes gobiernan y las personas que se buscan la vida como pueden ya es abismal, y no solo por los escándalos que a diario nos recuerdan los medios de comunicación, sino también por la falta de empatía, la capacidad de ponernos en la piel del otro. La empatía consiste precisamente en eso, en intentar comprender y mirar durante solo unos instantes la realidad desde una posición distinta a la nuestra. Algo todavía más imprescindible en quienes viven bajo el oropel del poder.

La empatía no tiene etiquetas, no es de izquierdas ni de derechas, pero resulta imposible de practicar cuando se han levantado muros y colocado barreras entre ciudadanos en función de su ideología.

Hay un ejemplo que resulta muy revelador y que podemos ver a diario cuando escuchamos a muchos, la mayoría de los responsables públicos. Verlos dirigirse a sus audiencias leyendo discursos escritos por asesores, sin molestarse en poner algo de su cosecha, incapaces de despegar la vista de los folios y mirar, solo unos segundos, a quienes se dirigen. En ocasiones frases o expresiones que cualquiera sería capaz de memorizar o de decir espontáneamente, se convierten en intervenciones incapaces de transmitir cercanía, de manifestar empatía

Esta carencia todavía se hace más evidente en el momento en que algunos deben responder a las preguntas que les formulan. Respuestas a base de frases extraídas del argumentario del día y escuchadas de manera reiterada en boca de la corte de seguidores del líder de turno. No sé si son conscientes de que su incapacidad por salirse del guion elaborado en los fogones del partido aumenta todavía más la distancia con los ciudadanos.

Estoy convencido de que a muchos les iría mejor en su imagen y valoración si fuesen capaces de salir de sus burbujas, de sus circuitos habituales y saber escuchar a los que tienen enormes dificultades para defender su pequeño negocio, encontrar un piso asequible o cuidan de sus mayores. En definitiva, romper los muros protectores que forman a su alrededor acólitos, asesores y pelotas que no serían casi nada sin su líder.

El súmmum de esta falta de empatía se produce cuando se quiere trasladar la imagen de una cercanía ficticia organizando visitas a barrios políticamente amistosos, o acudiendo a jugar a las cartas con algunos vecinos, mientras previamente se acordonan calles o se llega en coche oficial con una bochornosa caravana de vehículos de protección.

Hoy España está dirigida por personas que señalan y desprecian a quienes no piensan como ellos, insensibles e indiferentes ante la realidad de quienes viven fuera de sus burbujas.

 

Entre a empatía e a indiferenza

Non sei a vostedes, pero a min o ambiente político que levamos vivindo durante os últimos anos, como dirían algúns noviños, estáseme facendo bóla. A política nacional, impulsada por un goberno máis empeñado en manter un relato cun guión que leva por título «progresista» que en admitir dunha vez a súa incapacidade para resolver as principais preocupacións dos cidadáns, esa política, non resulta precisamente edificante.

A mentira normalizouse e a descualificación xa non é só entre os rivais políticos, senón que xa chegou a institucións e poderes cuxa independencia ata hai pouco parecía fóra de discusión.

A desconexión entre quen goberna e as persoas que se buscan a vida como poden xa é abismal, e non só polos escándalos que a diario nos lembran os medios de comunicación, senón tamén pola falta de empatía, a capacidade de poñernos na pel do outro. A empatía consiste precisamente niso, en intentar comprender e mirar durante só uns instantes a realidade desde unha posición distinta á nosa. Algo aínda máis imprescindible en quen vive baixo o oropel do poder.

A empatía non ten etiquetas, non é de esquerdas nin de dereitas, pero resulta imposible de practicar cando se levantaron muros e colocado barreiras entre cidadáns en función da súa ideoloxía.

Hai un exemplo que resulta moi revelador e que podemos ver a diario cando escoitamos a moitos, a maioría dos responsables públicos. Velos dirixirse ás súas audiencias lendo discursos escritos por asesores, sen molestarse en poñer algo da súa colleita, incapaces de despegar a vista dos folios e mirar, só uns segundos, a quen se dirixe. En ocasións frases ou expresións que calquera sería capaz de memorizar ou de dicir espontaneamente, convértense en intervencións incapaces de transmitir proximidade, de manifestar empatía

Esta carencia aínda se fai máis evidente no momento en que algúns deben responder as preguntas que lles formulan. Respostas a base de frases extraídas do argumentario do día e escoitadas de xeito reiterado en boca da corte de seguidores do líder de quenda. Non sei se son conscientes de que a súa incapacidade por saírse do guión elaborado nos fogóns do partido aumenta aínda máis a distancia cos cidadáns.

Estou convencido de que a moitos lles iría mellor na súa imaxe e valoración se fosen capaces de saír das súas burbullas, dos seus circuítos habituais e saber escoitar aos que teñen enormes dificultades para defender o seu pequeno negocio, atopar un piso alcanzable ou coidan dos seus maiores. En definitiva, romper os muros protectores que forman ao seu redor acólitos, asesores e pelotas que non serían case nada sen o seu líder.

O súmmum desta falta de empatía prodúcese cando se quere trasladar a imaxe dunha proximidade ficticia organizando visitas a barrios politicamente amigables, ou acudindo a xogar ás cartas con algúns veciños, mentres previamente acordóanse rúas ou chégase en coche oficial cunha vergoñenta caravana de vehículos de protección.

Hoxe España está dirixida por persoas que sinalan e desprezan a quen non pensan como eles, insensibles e indiferentes ante a realidade de quen vive fóra das súas burbullas.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Un año más, un año menos

Hay fechas en el año que no solemos olvidar. Cumplir años tiene algo de contradictorio. Por una parte, celebramos haber añadido uno más a nuestra cuenta particular; por otra, sabemos que ese mismo año hay que descontarlo de los que nos queden.

Nuestra relación con los años cambia con el tiempo. Cuando somos niños queremos tener más. Después dejamos de tener tanta prisa y llega un momento en el que incluso agradecemos que nadie pregunte demasiado.

Últimamente hay algo que me llama más la atención que el número: la velocidad a la que pasan. No sé si los calendarios de ahora vienen con menos días o somos nosotros quienes los pasamos más deprisa. Apenas termina agosto, los anuncios nos recuerdan que debemos volver al gimnasio para reparar los excesos estivales y, cuando todavía estamos asimilando la vuelta a la rutina, empiezan a montar las barracas y las casetas del pulpo para San Froilán.

¿Otra vez? ¿Ya? Pues sí.

Vuelven las barracas, regresan los estorninos dispuestos a hacer de las suyas, llegan las primeras castañas, cambia la hora y enseguida aparecen de nuevo los anuncios de Navidad. Y descubrimos que aquello que creíamos que había sucedido hace unos meses ocurrió, en realidad, hace un año.

Hay calendarios todavía más eficaces. Los nietos, por ejemplo. Crecen a tal velocidad que una fotografía que hoy nos parece actual se queda anticuada antes de pasarla a papel para enmarcar. Cambian de curso, de altura, mientras nosotros seguimos pensando que la etapa anterior fue anteayer.

Con los años nuestro hace poco se vuelve también mucho más flexible. Quizá por eso hemos desarrollado tanta habilidad para suavizar el calendario.

Circula en las redes una clasificación según la cual la mediana edad llega hasta los 70, la edad dorada hasta los 80, la vejez hasta los 90 y después comienza la longevidad. Ignoro su fundamento científico, pero reconozco que resulta reconfortante.

Cumplir años tiene, además, algunas ventajas. Aprendemos a relativizar, a distinguir mejor lo importante de lo accesorio y a preocuparnos menos por lo que puedan pensar los demás, por el qué dirán. Muchas cosas que un día nos inquietaron hoy ni siquiera recordamos por qué nos preocupaban.

Y creo que también conviene no perder el sentido del humor. Hace algún tiempo leí en WhatsApp un mensaje que contaba que alguien hablaba con el microondas y la tostadora mientras tomaban café. Con la lavadora había dejado de hacerlo porque daba demasiadas vueltas a todo; encontraba a la nevera fría y distante y evitaba discutir con el horno porque se calentaba por cualquier cosa.

Buen sentido del humor. Si con los años conseguimos tomarnos algo menos en serio a nosotros mismos, algo habremos aprendido.

El tiempo vuela y no retorna. Pero tampoco parece muy recomendable pasarse el viaje mirando el cuentakilómetros para comprobar cuánto hemos recorrido y cuánto nos puede quedar, ni pendientes del retrovisor para ver lo que dejamos atrás.

Mejor mirar hacia delante, seguir haciendo planes, conservar la curiosidad y procurar que, cuando vuelvan las barracas, los estorninos o los anuncios del gimnasio, tengamos algo nuevo que recordar del año transcurrido.

Porque habrá sido, inevitablemente, un año menos.

Pero, sobre todo, habrá sido un año más.

Y eso siempre merece celebrarse.


Un ano máis, un ano menos

Hai datas no ano que non adoitamos esquecer. Cumprir anos ten algo de contraditorio. Por unha banda, celebramos engadir un máis á nosa conta particular; por outra, sabemos que ese mesmo ano hai que descontalo dos que nos queden.

A nosa relación cos anos cambia co tempo. Cando somos nenos queremos ter máis. Despois deixamos de ter tanta présa e chega un momento no que mesmo agradecemos que ninguén pregunte demasiado.

Ultimamente hai algo que me chama máis a atención que o número: a velocidade á que pasan. Non sei se os calendarios de agora veñen con menos días ou somos nós quen os paso máis rápido. Apenas termina agosto, os anuncios lémbrannos que debemos volver ao ximnasio para reparar os excesos estivais e, cando aínda estamos a asimilar a volta á rutina, empezan a montar as barracas e as casetas do polbo para San Froilán.

Outra vez? Xa? Pois si.

Volven as barracas, regresan os estorniños dispostos a facer das súas, chegan as primeiras castañas, cambia a hora e enseguida aparecen de novo os anuncios de Nadal. E descubrimos que aquilo que criamos que sucedera hai uns meses ocorreu, en realidade, hai un ano.

Hai calendarios aínda máis eficaces. Os netos, por exemplo. Crecen a tal velocidade que unha fotografía que hoxe nos parece actual queda anticuada antes de pasala a papel para enmarcar. Cambian de curso, de altura, mentres nós seguimos pensando que a etapa anterior foi antonte.

Cos anos noso hai pouco vólvese tamén moito máis flexible. Quizá por iso desenvolvemos tanta habilidade para suavizar o calendario.

Circula nas redes unha clasificación segundo a cal a mediana idade chega ata os 70, a idade dourada ata os 80, a vellez ata os 90 e despois comeza a lonxevidade. Ignoro o seu fundamento científico, pero recoñezo que resulta reconfortante.

Cumprir anos ten, ademais, algunhas vantaxes. Aprendemos a relativizar, a distinguir mellor o importante do accesorio e a preocuparnos menos polo que poidan pensar os demais, polo que dirán. Moitas cousas que un día inquietáronnos hoxe nin sequera lembramos por que nos preocupaban.

E creo que tamén convén non perder o sentido do humor. Hai algún tempo lin en WhatsApp unha mensaxe que contaba que alguén falaba co microondas e a torradora mentres tomaban café. Coa lavadora deixara de facelo porque daba demasiadas voltas a todo; atopaba á neveira fría e distante e evitaba discutir co forno porque se quentaba por calquera cousa.

Bo sentido do humor. Se cos anos conseguimos tomarnos algo menos en serio a nós mesmos, algo aprenderiamos.

O tempo voa e non retorna. Pero tampouco parece moi recomendable pasarse a viaxe mirando o cuentakilómetros para comprobar canto percorremos e canto nos pode quedar, nin pendentes do retrovisor para ver o que deixamos atrás.

Mellor mirar cara adiante, seguir facendo plans, conservar a curiosidade e procurar que, cando volvan as barracas, os estorniños ou os anuncios do ximnasio, teñamos algo novo que lembrar do ano transcorrido.

Porque sería, inevitablemente, un ano menos.

Pero, sobre todo, sería un ano máis.

E iso sempre merece celebrarse.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Aquellos y estos veranos

A punto de finalizar este verano no he podido evitar recordar aquellos otros de mi infancia con mis padres y hermanos en Combarro, en la misma ría donde ahora tengo la suerte de poder volver a disfrutarlos. Entonces todo me parecía más sencillo y tranquilo. Ahora todo es mucho más sofisticado. No digamos en aquellos lugares de nuestra geografía convertidos en referentes veraniegos.

Para muchos, las vacaciones comienzan meses antes: elegir destino, comparar precios, consultar opiniones en las redes y reservar un alojamiento cuyo precio aconseja disfrutarlo mucho, aunque sea por obligación.

Llega el día y, con él, la operación salida. Miles de familias deciden ponerse en carretera el mismo día y a la misma hora. Un viaje de cuatro horas puede durar seis y, si hay niños pequeños, serán sus circunstancias las que vayan marcando el horario.

A la llegada empiezan las primeras emociones, o decepciones. El apartamento “amplio, luminoso, tranquilo y a pocos minutos de la playa” ofrece a veces interpretaciones imaginativas de esos términos. La amplitud resulta un concepto relativo al número y tamaño de los ocupantes; los pocos minutos requieren coche y las vistas al mar, con suerte, obligan a asomarse por una esquina de la terraza.

Una vez instalados comienza la auténtica vida veraniega. Mover el coche es el primer desafío. Muchas localidades costeras multiplican su población y encontrar aparcamiento pasa a ser una prueba de paciencia. Cuando se consigue una plaza aparece el dilema: utilizar el coche y perderla o conservarla y tener que andar.

También hacer la compra tiene su encanto. Los supermercados que durante el invierno atienden tranquilamente a sus vecinos reciben ahora una invasión capaz de desabastecerlos. Conseguir hielo, agua o pan a determinadas horas exige cierta planificación logística.

En algunas playas sólo hay que llegar pronto... muy pronto. Sombrillas, toallas, neveras, sillas, tablas, flotadores y altavoces forman una urbanización provisional junto al mar.

A mediodía comienza la búsqueda de una mesa en una terraza. Hay que localizar a quienes parecen estar terminando, vigilar la evolución de sus cafés y situarse cerca para hacer valer los derechos adquiridos.

Y aún queda la noche. Los edificios descubren en agosto su extraordinaria capacidad acústica. Terrazas, televisores, muebles arrastrados y conversaciones permiten conocer íntimamente a vecinos a los que nunca se ha saludado. Quienes desean dormir conviven con quienes consideran que las vacaciones consisten precisamente en no hacerlo.

Después llega la operación retorno. Tras horas de carretera aparece una de las grandes satisfacciones del veraneo moderno: llegar a casa, sentarse tranquilamente y pensar que, por fin, se han terminado las vacaciones.

Lo relatado no lo he vivido este verano, pero tampoco es ficción. Sería injusto idealizar aquellos veranos de hace sesenta años. Había menos comodidades, peores carreteras y muchas familias ni siquiera podían permitirse vacaciones. Pero quizás el verano tenía otra medida. Los niños salíamos por la mañana y regresábamos cuando teníamos hambre o llamaban a zafarrancho. Una bicicleta servía para desplazarse, una pelota ocupaba una tarde y las playas todavía tenían espacios vacíos.

Hoy hay que aprovechar la playa, el restaurante, la excursión, el chiringuito, la puesta de sol y cada minuto de unas vacaciones que han costado demasiado como para permitirse el lujo no disfrutarlas. Quizá esa sea la diferencia entre aquellos y estos veranos: antes se veraneaba; ahora parece que hay que aprovechar las vacaciones.

Aqueles e estes veráns

A piques de finalizar este verán non puiden evitar lembrar aqueloutros da miña infancia cos meus pais e irmáns en Combarro, na mesma ría onde agora teño a sorte de poder volver desfrutalos. Entón todo parecíame máis sinxelo e tranquilo. Agora todo é moito máis sofisticado. Non digamos naqueles lugares da nosa xeografía convertidos en referentes estivais.

Para moitos, as vacacións comezan meses antes: elixir destino, comparar prezos, consultar opinións nas redes e reservar un aloxamento cuxo prezo aconsella desfrutalo moito, aínda que sexa por obrigación.

Chega o día e, con el, a operación saída. Miles de familias deciden poñerse na estrada o mesmo día e á mesma hora. Unha viaxe de catro horas pode durar seis e, se hai nenos pequenos, serán as súas circunstancias as que vaian marcando o horario.

Á chegada empezan as primeiras emocións, ou decepcións. O apartamento “amplo, luminoso, tranquilo e a poucos minutos da praia” ofrece ás veces interpretacións imaxinativas deses termos. A amplitude resulta un concepto relativo ao número e tamaño dos ocupantes; os poucos minutos requiren coche e as vistas ao mar, con sorte, obrigan a asomarse por unha esquina da terraza.

Unha vez instalados comeza a auténtica vida estival. Mover o coche é o primeiro desafío. Moitas localidades costeiras multiplican a súa poboación e atopar aparcamento pasa a ser unha proba de paciencia. Cando se consegue unha praza aparece o dilema: utilizar o coche e perdela ou conservala e ter que andar.

Tamén facer a compra ten o seu encanto. Os supermercados que durante o inverno atenden tranquilamente aos seus veciños reciben agora unha invasión capaz de desabastecelos. Conseguir xeo, auga ou pan a determinadas horas esixe certa planificación loxística.

Nalgunhas praias só hai que chegar pronto... moi pronto. Antucas, toallas, neveiras, cadeiras, táboas, flotadores e altofalantes forman unha urbanización provisional xunto ao mar.

Ao mediodía comeza a procura dunha mesa nunha terraza. Hai que localizar a quen parece estar a terminar, vixiar a evolución dos seus cafés e situarse preto para facer valer os dereitos adquiridos.

E aínda queda a noite. Os edificios descobren en agosto a súa extraordinaria capacidade acústica. Terrazas, televisores, mobles arrastrados e conversacións permiten coñecer intimamente a veciños aos que nunca se saudou. Quen desexa durmir conviven con quen considera que as vacacións consisten precisamente en non facelo.

Despois chega a operación retorno. Tras horas de estrada aparece unha das grandes satisfaccións do veraneo moderno: chegar a casa, sentarse tranquilamente e pensar que, por fin, termináronse as vacacións.

#Relatar non o vivín este verán, pero tampouco é ficción. Sería inxusto idealizar aqueles veráns de hai sesenta anos. Había menos comodidades, peores estradas e moitas familias nin sequera podían permitirse vacacións. Pero talvez o verán tiña outra medida. Os nenos saïamos pola mañá e regresabamos cando tiñamos fame ou chamaban a mobilización. Unha bicicleta servía para desprazarse, unha pelota ocupaba unha tarde e as praias aínda tiñan espazos baleiros.

Hoxe hai que aproveitar a praia, o restaurante, a excursión, o chiringuito, a posta de sol e cada minuto dunhas vacacións que custaron demasiado como para permitirse o luxo non desfrutalas. Quizá esa sexa a diferenza entre aqueles e estes veráns: antes veraneábase; agora parece que hai que aproveitar as vacacións.