miércoles, 16 de septiembre de 2026

Un año más, un año menos

Hay fechas en el año que no solemos olvidar. Cumplir años tiene algo de contradictorio. Por una parte, celebramos haber añadido uno más a nuestra cuenta particular; por otra, sabemos que ese mismo año hay que descontarlo de los que nos queden.

Nuestra relación con los años cambia con el tiempo. Cuando somos niños queremos tener más. Después dejamos de tener tanta prisa y llega un momento en el que incluso agradecemos que nadie pregunte demasiado.

Últimamente hay algo que me llama más la atención que el número: la velocidad a la que pasan. No sé si los calendarios de ahora vienen con menos días o somos nosotros quienes los pasamos más deprisa. Apenas termina agosto, los anuncios nos recuerdan que debemos volver al gimnasio para reparar los excesos estivales y, cuando todavía estamos asimilando la vuelta a la rutina, empiezan a montar las barracas y las casetas del pulpo para San Froilán.

¿Otra vez? ¿Ya? Pues sí.

Vuelven las barracas, regresan los estorninos dispuestos a hacer de las suyas, llegan las primeras castañas, cambia la hora y enseguida aparecen de nuevo los anuncios de Navidad. Y descubrimos que aquello que creíamos que había sucedido hace unos meses ocurrió, en realidad, hace un año.

Hay calendarios todavía más eficaces. Los nietos, por ejemplo. Crecen a tal velocidad que una fotografía que hoy nos parece actual se queda anticuada antes de pasarla a papel para enmarcar. Cambian de curso, de altura, mientras nosotros seguimos pensando que la etapa anterior fue anteayer.

Con los años nuestro hace poco se vuelve también mucho más flexible. Quizá por eso hemos desarrollado tanta habilidad para suavizar el calendario.

Circula en las redes una clasificación según la cual la mediana edad llega hasta los 70, la edad dorada hasta los 80, la vejez hasta los 90 y después comienza la longevidad. Ignoro su fundamento científico, pero reconozco que resulta reconfortante.

Cumplir años tiene, además, algunas ventajas. Aprendemos a relativizar, a distinguir mejor lo importante de lo accesorio y a preocuparnos menos por lo que puedan pensar los demás, por el qué dirán. Muchas cosas que un día nos inquietaron hoy ni siquiera recordamos por qué nos preocupaban.

Y creo que también conviene no perder el sentido del humor. Hace algún tiempo leí en WhatsApp un mensaje que contaba que alguien hablaba con el microondas y la tostadora mientras tomaban café. Con la lavadora había dejado de hacerlo porque daba demasiadas vueltas a todo; encontraba a la nevera fría y distante y evitaba discutir con el horno porque se calentaba por cualquier cosa.

Buen sentido del humor. Si con los años conseguimos tomarnos algo menos en serio a nosotros mismos, algo habremos aprendido.

El tiempo vuela y no retorna. Pero tampoco parece muy recomendable pasarse el viaje mirando el cuentakilómetros para comprobar cuánto hemos recorrido y cuánto nos puede quedar, ni pendientes del retrovisor para ver lo que dejamos atrás.

Mejor mirar hacia delante, seguir haciendo planes, conservar la curiosidad y procurar que, cuando vuelvan las barracas, los estorninos o los anuncios del gimnasio, tengamos algo nuevo que recordar del año transcurrido.

Porque habrá sido, inevitablemente, un año menos.

Pero, sobre todo, habrá sido un año más.

Y eso siempre merece celebrarse.


Un ano máis, un ano menos

Hai datas no ano que non adoitamos esquecer. Cumprir anos ten algo de contraditorio. Por unha banda, celebramos engadir un máis á nosa conta particular; por outra, sabemos que ese mesmo ano hai que descontalo dos que nos queden.

A nosa relación cos anos cambia co tempo. Cando somos nenos queremos ter máis. Despois deixamos de ter tanta présa e chega un momento no que mesmo agradecemos que ninguén pregunte demasiado.

Ultimamente hai algo que me chama máis a atención que o número: a velocidade á que pasan. Non sei se os calendarios de agora veñen con menos días ou somos nós quen os paso máis rápido. Apenas termina agosto, os anuncios lémbrannos que debemos volver ao ximnasio para reparar os excesos estivais e, cando aínda estamos a asimilar a volta á rutina, empezan a montar as barracas e as casetas do polbo para San Froilán.

Outra vez? Xa? Pois si.

Volven as barracas, regresan os estorniños dispostos a facer das súas, chegan as primeiras castañas, cambia a hora e enseguida aparecen de novo os anuncios de Nadal. E descubrimos que aquilo que criamos que sucedera hai uns meses ocorreu, en realidade, hai un ano.

Hai calendarios aínda máis eficaces. Os netos, por exemplo. Crecen a tal velocidade que unha fotografía que hoxe nos parece actual queda anticuada antes de pasala a papel para enmarcar. Cambian de curso, de altura, mentres nós seguimos pensando que a etapa anterior foi antonte.

Cos anos noso hai pouco vólvese tamén moito máis flexible. Quizá por iso desenvolvemos tanta habilidade para suavizar o calendario.

Circula nas redes unha clasificación segundo a cal a mediana idade chega ata os 70, a idade dourada ata os 80, a vellez ata os 90 e despois comeza a lonxevidade. Ignoro o seu fundamento científico, pero recoñezo que resulta reconfortante.

Cumprir anos ten, ademais, algunhas vantaxes. Aprendemos a relativizar, a distinguir mellor o importante do accesorio e a preocuparnos menos polo que poidan pensar os demais, polo que dirán. Moitas cousas que un día inquietáronnos hoxe nin sequera lembramos por que nos preocupaban.

E creo que tamén convén non perder o sentido do humor. Hai algún tempo lin en WhatsApp unha mensaxe que contaba que alguén falaba co microondas e a torradora mentres tomaban café. Coa lavadora deixara de facelo porque daba demasiadas voltas a todo; atopaba á neveira fría e distante e evitaba discutir co forno porque se quentaba por calquera cousa.

Bo sentido do humor. Se cos anos conseguimos tomarnos algo menos en serio a nós mesmos, algo aprenderiamos.

O tempo voa e non retorna. Pero tampouco parece moi recomendable pasarse a viaxe mirando o cuentakilómetros para comprobar canto percorremos e canto nos pode quedar, nin pendentes do retrovisor para ver o que deixamos atrás.

Mellor mirar cara adiante, seguir facendo plans, conservar a curiosidade e procurar que, cando volvan as barracas, os estorniños ou os anuncios do ximnasio, teñamos algo novo que lembrar do ano transcorrido.

Porque sería, inevitablemente, un ano menos.

Pero, sobre todo, sería un ano máis.

E iso sempre merece celebrarse.

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